PRIGIONE, AVE DE TEMPESTADES DEL SALINISMO

Por Rodrigo Vera/Proceso

PROCESO-2066-193x250Entre 1978 y 1997, cuando se desempeñó como representante papal en México, Jerónimo Prigione fue implacable con los obispos progresistas mexicanos, a quienes combatió a través del Club de Roma, en el que se agrupaban sus incondicionales. Pero se le reconoce sobre todo por ser el artífice del restablecimiento de relaciones diplomáticas del Estado mexicano con la Santa Sede durante el gobierno de Carlos Salinas. Ave de tempestades, sus allegados y algunos de sus críticos recuerdan episodios del exnuncio, quien murió el pasado 27 de mayo en una localidad piamontesa.

En la antigua parroquia de Santa María de la Corte, del pueblo de Castellazzo Bormida, una discreta ceremonia fúnebre se realizó el 30 de mayo para despedir al exnuncio apostólico Jerónimo Prigione, muerto tres días antes, a los 94 años, en una residencia para ancianos de esa comarca piamontesa.

En torno al reluciente ataúd de madera –adornado con una blanca mitra episcopal–, un solemne grupo de clérigos y diplomáticos despidió a quien fue uno de los principales artífices del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede, pero también un duro represor que mantuvo sometida durante dos décadas a la jerarquía católica mexicana.

Mariano Palacios Alcocer, actual embajador de México ante el Estado Vaticano y con quien Prigione solía reunirse los últimos días de su vida, asegura:

“Prigione fue un actor fundamental en el reconocimiento jurídico a la Iglesia y el restablecimiento de nuestras relaciones diplomáticas con la Santa Sede, cambios realizados durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien decidió replantear la relación con la Iglesia.”

Palacios Alcocer coordinó, por instrucciones de Salinas de Gortari, al equipo de destacados juristas que le dieron soporte legislativo a esos dos cambios históricos, en 1991 y 1992. “Desde entonces llegué a tratar a Prigione. Fue un diplomático muy capaz”, comenta el hoy embajador, vía telefónica.

–¿Qué cualidades veía en Prigione?

–Conocía muy bien a los actores políticos de entonces y tenía mucha experiencia diplomática. Además permaneció durante un largo periodo como representante papal en México, algo inusual tanto en la diplomacia vaticana como en la ­internacional.

–¿Usted lo llegó a tratar últimamente?

–Sí, por supuesto. Nos reuníamos aquí en Roma cada tres meses aproximadamente. Él venía de Castellazzo Bormida a cobrar su pensión en el Banco Vaticano. Solíamos comer en la Hostería di Gracci. Y en octubre del año pasado asistió a un evento organizado por la embajada; la presentación del grupo teatral Cómicos de la Legua. Fue el último acto público relacionado con México al que asistió.

A los funerales del exnuncio, sepultado en el panteón de su natal Castellazzo, la embajada de México envió en su representación al diplomático Francisco de Paula Castro.

El intermediario

Durante los casi 20 años que permaneció como representante papal en México, de 1978 a 1997, Prigione fue un polémico personaje muy criticado por su injerencia en la política interna del país, por reunirse con los hermanos narcotraficantes Arellano Félix, por aplacar las críticas del episcopado mexicano a los gobiernos priistas y por perseguir a los obispos identificados con la llamada opción por los pobres.

Arturo Lona, uno de estos obispos golpeados por Prigione, exclama: “¡Cómo nos hizo la vida pesada! Prigione se valía de puras difamaciones para atacar a los obispos de la Teología de la Liberación. Nos tildaba de guerrilleros y comunistas, y luego nos iba a acusar con el gobierno para que éste nos reprendiera”.

Obispo emérito de Tehuantepec, Lona menciona que, aparte de él, Prigione traía en la mira a otros obispos que en aquella época comulgaban con esa línea pastoral, como Sergio Méndez Arceo, de la diócesis de Cuernavaca; Samuel Ruiz, de San Cristóbal de las Casas; Bartolomé Carrasco, de Oaxaca, o José Llaguno, de la Tarahumara.

Cuenta Lona sobre su caso: “Prigione me acusaba de formar guerrilleros y promover entre ellos la Teología de la Liberación. Por ese motivo, a mediados de los ochenta logró que se le hiciera una visita canónica a mi diócesis, inspección alentada por Manuel Bartlett, entonces secretario de Gobernación, quien incluso me mandó llamar a sus oficinas para regañarme. Pero finalmente no encontraron ni armas ni guerrilleros en mis templos. Eran acusaciones absurdas”.

La mancuerna Prigione-Bartlett tuvo su principal intervención durante las cuestionadas elecciones en Chihuahua de mediados de 1986; impidió el cierre de templos que ya organizaba la jerarquía local, en protesta por el fraude electoral que le daba el triunfo a Fernando Baeza, candidato del PRI a esa gubernatura.

Se trataba de una fuerte protesta eclesiástica encabezada por los obispos de la entidad: Adalberto Almeida, de Chihuahua; Manuel Talamás, de Ciudad Juárez; y José Llaguno, de la Tarahumara, respaldados por sus sacerdotes, comunidades eclesiales de base y varias organizaciones sociales.

La suspensión del culto no se dio. Y Baeza logró tomar posesión como gobernador al mismo tiempo que en la Plaza de Armas de la capital chihuahuense unos 30 mil inconformes gritaban: “¡Usurpador!, ¡usurpador!”.

Prigione alegaba que Bartlett no le había pedido la intervención del Vaticano para aplacar a los obispos inconformes, solamente –a través del “diálogo y pláticas cordiales”– le había hecho ver “el peligro de un enfrentamiento” (Proceso 512).

El diplomático volvió a estar en el centro de la polémica el 24 de mayo de 1993, cuando fue asesinado el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto de Guadalajara, justo cuando iba a recibir a Prigione a esa terminal aérea. El crimen se les achacaba a los hermanos Arellano Félix, líderes del Cártel de Tijuana.

El 1 de diciembre de ese año y el 16 de enero de 1994, Prigione recibió en secreto y por la noche, en la nunciatura apostólica, a los hermanos prófugos Ramón y Benjamín Arellano Félix, quienes le juraron ser ajenos al crimen de Posadas y le pidieron su intermediación ante las autoridades judiciales.

Durante el primer encuentro, sólo con Ramón, Prigione salió rápidamente a Los Pinos para reunirse con el presidente Salinas; su secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, y el procurador general de la República, Jorge Carpizo. Les comentó que tenía al narcotraficante en la nunciatura. Y éstos le pidieron que les dijera a los capos que se entregaran a la justicia. Al regresar de Los Pinos, Prigione le pidió a Ramón que escapara por una puerta alterna de la nunciatura, ya que “la principal era custodiada por elementos de seguridad que llegaban por la noche”.

El hecho no se hubiera conocido de no ser por los propios narcotraficantes, quienes lo sacaron a relucir en el periódico Excélsior en julio de 1994.

Por esas fechas, en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) había varios obispos opuestos a la versión de Carpizo sobre el crimen, la cual sostenía que se trató de una “confusión” y no de un atentado contra Posadas. El nuncio maniobró para plegarlos al gobierno; logró que la dirigencia de la CEM elaborara el documento Para realizar la verdad en el amor: caso del cardenal Posadas Ocampo. Ahí, los obispos vieron “coherentes y bien fundamentadas” las argumentaciones de Carpizo (Proceso 926).

El acosador

Político habilidoso, Prigione logró influir no sólo en los nombramientos de obispos hechos por el Papa Juan Pablo II, sino que además conformó en torno suyo a un grupo de obispos incondicionales, conocido como el Club de Roma, al que utilizó para golpear al ala progresista del episcopado y para su interlocución con el poder político y empresarial.

El Club de Roma lo integraban Onésimo Cepeda, obispo de Ecatepec; Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México; Emilio Berlié, entonces obispo de Tijuana; Javier Lozano Barragán, de Zacatecas; Luis Reynoso Cervantes, de Cuernavaca, así como el cardenal Posadas y Juan Sandoval Íñiguez, su sucesor en el arzobispado de Guadalajara.

Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, era también muy cercano a Prigione y a otros integrantes del Club de Roma. Se intercambiaban favores, compartían encumbradas amistades y, sobre todo, podían influir en las decisiones de la Curia Romana durante el papado de Juan Pablo II.

De todos ellos, el único actualmente en activo es el cardenal Rivera Carrera, quien debe presentar su renuncia en 2017, pues cumple 75 años.

Cuenta Arturo Lona: “Por instrucciones de Prigione, Rivera Carrera, siendo obispo de Tehuacán, desmanteló nuestro Seminario Regional del Sureste (Seresure), ubicado en esa diócesis. Como premio, a Rivera se le dio el arzobispado de México, el más importante del país, donde no ha hecho absolutamente nada. ¡Nada! … y ya está por retirarse”.

Dirigido por varios obispos del sur, el Seresure era un importante seminario interdiocesano que daba formación en la línea de la opción por los pobres, ahora retomada por el Papa Francisco. Su cierre fue uno de los más fuertes golpes de Prigione a esa corriente eclesiástica, pues el centro de estudios era su principal semillero de sacerdotes en México.

Durante años, el nuncio también intentó desplazar a Samuel Ruiz de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, donde aplicaba esa misma línea pastoral entre las comunidades indígenas. Don Samuel había logrado montar toda una estructura diocesana que incluía a párrocos comprometidos, red de catequistas y un centro de derechos humanos para defender a los indígenas, cosa que daba muchos dolores de cabeza al gobierno y a los caciques locales.

La principal arremetida de Prigione contra Samuel Ruiz ocurrió en noviembre de 1993, cuando anunció públicamente que el Vaticano removería al obispo por sus “graves errores doctrinales, pastorales y de gobierno” que chocaban con el ministerio de la Iglesia. Decía que tenía una carta –que jamás mostró– donde la Congregación de los Obispos le pedía la renuncia a don Samuel.

El obispo Luis Reynoso, aliado de Prigione y entonces vocero de la CEM, aseguraba que el episcopado ya nada podía hacer por don Samuel, sólo apoyarlo “caritativamente”, pues el despido era una fulminante orden papal “apoyada conforme a derecho canónico”.

El 1 de diciembre de ese año y el 16 de enero de 1994, Prigione recibió en secreto y por la noche, en la nunciatura apostólica, a los hermanos prófugos Ramón y Benjamín Arellano Félix, quienes le juraron ser ajenos al crimen de Posadas y le pidieron su intermediación ante las autoridades judiciales.

Durante el primer encuentro, sólo con Ramón, Prigione salió rápidamente a Los Pinos para reunirse con el presidente Salinas; su secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, y el procurador general de la República, Jorge Carpizo. Les comentó que tenía al narcotraficante en la nunciatura. Y éstos le pidieron que les dijera a los capos que se entregaran a la justicia. Al regresar de Los Pinos, Prigione le pidió a Ramón que escapara por una puerta alterna de la nunciatura, ya que “la principal era custodiada por elementos de seguridad que llegaban por la noche”.

El hecho no se hubiera conocido de no ser por los propios narcotraficantes, quienes lo sacaron a relucir en el periódico Excélsior en julio de 1994.

Por esas fechas, en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) había varios obispos opuestos a la versión de Carpizo sobre el crimen, la cual sostenía que se trató de una “confusión” y no de un atentado contra Posadas. El nuncio maniobró para plegarlos al gobierno; logró que la dirigencia de la CEM elaborara el documento Para realizar la verdad en el amor: caso del cardenal Posadas Ocampo. Ahí, los obispos vieron “coherentes y bien fundamentadas” las argumentaciones de Carpizo (Proceso 926).

El acosador

Político habilidoso, Prigione logró influir no sólo en los nombramientos de obispos hechos por el Papa Juan Pablo II, sino que además conformó en torno suyo a un grupo de obispos incondicionales, conocido como el Club de Roma, al que utilizó para golpear al ala progresista del episcopado y para su interlocución con el poder político y empresarial.

El Club de Roma lo integraban Onésimo Cepeda, obispo de Ecatepec; Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México; Emilio Berlié, entonces obispo de Tijuana; Javier Lozano Barragán, de Zacatecas; Luis Reynoso Cervantes, de Cuernavaca, así como el cardenal Posadas y Juan Sandoval Íñiguez, su sucesor en el arzobispado de Guadalajara.

Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, era también muy cercano a Prigione y a otros integrantes del Club de Roma. Se intercambiaban favores, compartían encumbradas amistades y, sobre todo, podían influir en las decisiones de la Curia Romana durante el papado de Juan Pablo II.

De todos ellos, el único actualmente en activo es el cardenal Rivera Carrera, quien debe presentar su renuncia en 2017, pues cumple 75 años.

Cuenta Arturo Lona: “Por instrucciones de Prigione, Rivera Carrera, siendo obispo de Tehuacán, desmanteló nuestro Seminario Regional del Sureste (Seresure), ubicado en esa diócesis. Como premio, a Rivera se le dio el arzobispado de México, el más importante del país, donde no ha hecho absolutamente nada. ¡Nada! … y ya está por retirarse”.

Dirigido por varios obispos del sur, el Seresure era un importante seminario interdiocesano que daba formación en la línea de la opción por los pobres, ahora retomada por el Papa Francisco. Su cierre fue uno de los más fuertes golpes de Prigione a esa corriente eclesiástica, pues el centro de estudios era su principal semillero de sacerdotes en México.

Durante años, el nuncio también intentó desplazar a Samuel Ruiz de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, donde aplicaba esa misma línea pastoral entre las comunidades indígenas. Don Samuel había logrado montar toda una estructura diocesana que incluía a párrocos comprometidos, red de catequistas y un centro de derechos humanos para defender a los indígenas, cosa que daba muchos dolores de cabeza al gobierno y a los caciques locales.

La principal arremetida de Prigione contra Samuel Ruiz ocurrió en noviembre de 1993, cuando anunció públicamente que el Vaticano removería al obispo por sus “graves errores doctrinales, pastorales y de gobierno” que chocaban con el ministerio de la Iglesia. Decía que tenía una carta –que jamás mostró– donde la Congregación de los Obispos le pedía la renuncia a don Samuel.

El obispo Luis Reynoso, aliado de Prigione y entonces vocero de la CEM, aseguraba que el episcopado ya nada podía hacer por don Samuel, sólo apoyarlo “caritativamente”, pues el despido era una fulminante orden papal “apoyada conforme a derecho canónico”.

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