SOY NORMA..!/IX

portada norma2Descubrir la verdad cambió mi vida, a pesar de ser una cabrita de siete años. Era un asunto doloroso porque los Shaw dejaron de interesarme como padres y fue cuando tomé consciencia de mi orfandad. Un sentimiento horrible, porque de repente me sentí muy sola y sin ánimos de ir al colegio. Me avergonzaba enfrentarme a mis compañeros de aula o que los maestros me observaran con lástima o desprecio.

El fin de semana viajaríamos a Santiago para que conociera a mi verdadero padre y hermanos, Hugo y Martha. Emma me lo comunicó después de revisar mi tarea escolar y beber un vaso de leche tibia.

Hasta el día de hoy no logro comprender cómo pude involucrarme en ese asunto familiar que me marcó de por vida. La edad no fue una limitante para rechazar o aceptar lo ofrecido por quienes seguían llamándome hija y no ocultaban su tristeza al conocerse la verdad.

Estoy consciente que ellos jamás buscaron destruir a mi familia. Los enredos amorosos de Julia con mi padre se dieron en una circunstancia ajena a sus valores de familia. No tengo duda de ello. Mi madre también fue otra víctima de esa oscura relación que prácticamente la llevó a la tumba, después de parirme.

–Nos iremos en ferrocarril –me informó Emma al entrar a mi habitación—y Guillermo le avisará a tus maestros que no acudirás a clases durante dos días…

–Mamá, ¿tú crees que mi papá y mis hermanos quieran verme? –pregunté antes de meterme a la cama.

–Claro, claro… Tu padre está un poco enfermito y es quien pidió que te lleváramos… Quiere conocerte…

Recuerdo con mucha precisión las palabras de Emma, a pesar de los años transcurridos. Hasta esos instantes yo desconocía que tras desertar del batallón de carabineros, Hugo González Araya huyó al pueblo de la Lagunilla que pertenecía a la comuna de Ovalle, a unos cuatrocientos kilómetros al norte de San Francisco de Limache. Para evitar que lo reconocieran se cambió de nombre y trabajó como jornalero en una de las haciendas ganaderas de la región. Julia, Martha y Hugo lo acompañaron en esa primera etapa de su autoexilio.

Después de allegarse de un dinero, mi padre decidió radicar en la comuna de Quilicura, dentro de la región metropolitana de Santiago, donde abrió un modesto restaurante cercano a la autopista Vespucio Norte, por la calle Filomena Garate y avenida de Las Torres. Precisamente ahí nos encontraríamos, ocho días antes de celebrarse las elecciones presidenciales de 1938.

Un sábado húmedo de primavera, en el que por primera vez me enfrentaría a mi origen de sangre y conocería personalmente a los principales causantes de mi orfandad y tristeza: Julia y Hugo.

El viaje por tren lo realizamos durante el mediodía y en tres horas arribamos a la estación central de Santiago. De ahí caminamos un par de manzanas de la avenida Alameda del Libertador Bernardo O’Higgins, donde abordamos un autobús amarillo que nos llevó a Quilicura.

En años posteriores pude comprobar que parte del dinero que mi padre invirtió en el restaurante fue aportado por Julia, gracias a la ayuda económica de sus padres. Guillermo amaba en demasía a sus hijas, principalmente a Frida, por ser la más parecida físicamente a él: alta, esbelta, ojos claros, blanca y rubia; mientras que Julia era todo lo contrario, mas semejante a Emma: estatura media, morena clara, cabello corto y oscuro y de carnes rollizas. Sin embargo, nunca se distanciaron a pesar de ser corresponsables de su dolor y vergüenza ante la sociedad limachense. Ni siquiera, lo ocurrido ocho años atrás en la comuna, pudo minar el gran amor que le profesaban a Julia.

La calle donde vivía mi padre se encontraba aledaña a algunas apretujadas oficinas gubernamentales y galpones industriales de largos techumbres de latón, invadidos por camiones de carga y vagones de ferrocarril. Julia era la responsable de preparar los alimentos y mi padre y hermano los distribuían en los comedores y oficinas. Algunos obreros acudían al restaurante para beber vino y cerveza y discutir asuntos sindicales. Martha se había casado y radicaba en Quilpué.

Mi padre nos recibió en la cocina, donde servía, en un cuenco de porcelana, una especie de ajiaco, muy espeso y humeante. Julia fue la primera en saludarnos al cruzar la puerta del negocio y le pidió a Emma que la siguiéramos hacia el interior de su casa, adecuada en la parte trasera del inmueble comercial, plagado de mesas y sillas. En esos momentos, mi hermano Hugo estaba ausente.

El hombre que vi frente a las hornillas de la cocina era demasiado delgado, casi cadavérico y de una edad incierta. Tenía la ropa muy holgada y sus manos largas y huesudas. Tuve un poco de temor y me aferré a la protección de Emma.

–Les traje unas marraquetas que compré en Santiago –dijo Emma y le entregó la bolsa de papel estraza a Julia, quien evadía mis miradas.

Ya en el comedor, muy amplio e impoluto, nos invitó a comer una chorillana con mucha papa, cebolla y carne de res y cerdo. La aceptamos porque traíamos hambre. Un pesado silencio embargaba en la estancia y aun así, mientras engullíamos aquel exquisito platillo con dos huevos fritos encima, entendimos el propósito de nuestra presencia en Quilicura.

Mi padre se presentó  en el comedor casi arrastrando los pies e hizo un gran esfuerzo para sonreír. Pidió qué me levantara de la mesa y lo abrazara. Obedecí, a pesar de tener los dedos embarrados de chorillana. Tengo muy presente el instante que me levantó en vilo y sentí sus huesudos brazos en mis costados.

–Eres muy bonita, como tu madre –murmuró y me besó una mejilla.

Noté como sus ojos enrojecían y los entrecerraba.

Fue la última vez que supe de él, porque dos meses después murió, víctima de un cáncer de estómago, provocado por unas úlceras que jamás quiso atenderse y que mermaron su salud, hasta convertirlo en un esqueleto viviente. También dejé de cuestionar a mis padres de crianza y continué con mi vida de estudiante e hija de familia. Mi hermana Martha recogió a Hugo y se lo llevó a vivir a Quilpué donde era propietaria de un restaurante.

El sepelio de mi padre fue todo un embrollo burocrático, porque al desertar del ejército de carabineros; cambiarse el nombre y evitar su encarcelamiento, la municipalidad puso algunos inconvenientes para firmar el acta de defunción con sus verdaderos apelativos. Guillermo tuvo que intervenir y habló con algunos amigos del Ministerio del Interior y Seguridad Publica. De esa manera logró sortearse el escollo y ayudar a su hija en aquellos momentos difíciles.

Hugo González Araya fue inhumado en uno de los cementerios de Santiago de Chile, donde durante algún tiempo le lloró Julia. Jamás pudo superar aquella pérdida.

Nunca pudo ser madre y terminó su vida consumida por la soledad y el alcoholismo. El mismo final lo enfrentó Frida y, por esa razón, los Shaw truncaron su derecho de sangre de dejar descendientes directos en tierra chilena.

Debo confesar que nunca he visitado las tumbas de María Jelvez y Hugo González y no tengo remordimientos por haber tomado esa decisión. Era necesaria, porque mucho de lo que soy ahora se lo debo a ellos.

Mis hijos y amigos pueden estar seguros que la infelicidad aun me lacera y me siento sola.

Sin proponérmelo soy una desertora chilena que sangra por dentro e intenta descifrar a fondo lo ocurrido hasta el momento que escribo estas líneas.

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