UN VENTARRÓN DE ALTURA

Por Everardo Monroy Caracas

vent-souleve-jupe-fesses-24-605x553La isla silba y canturrea como una corista. Es una armónica de hormigón que alegra la hojarasca y persigue a los turistas hasta casi desnudarlos. No es un día común a pesar del buen tiempo.

Los chamacos ríen y ríen al ver los malabares que realizan las mujeres para no enseñar sus pantaletas o nalgas.

Eolo, Fūjin y Ehécatl iniciaron la fiesta muy temprano y es imparable.

El hombre del peluquín no cesa de lanzar improperios y sostiene el trozo de cabello sintético con ambas manos. Es calvo y se avergüenza. La chica que lo acompaña, enfundada en unos jeans muy ajustados, lo persigue y es indiferente al movimiento de sus senos, libres de toda atadura.

El espectáculo es en pleno centro y a un costado del rio San Lorenzo, por el atracadero de yates. Los arboles silban ante el arrojo del viento y algunos ventanales del Acuario amenazan con desprenderse.

Será un lunes inolvidable de primavera. Un día antes, precisamente al conmemorarse el doceavo aniversario de mi viudez, un aguacero nos obligó a resguardarnos en el bar de Santiaguito y discutir sobre el asunto de los dineros, aun en litigio.

Emmanuel desconoce muchas cosas y no me atrevo a revelárselas. Hacerlo, seria faltar a mi palabra de caballero.  Aun evoco el llanto incontenible de su madre y mi compromiso de no abrir la boca para evitarle mayor dolor o vergüenza a la familia.

Ella insistía:

–Es tu hijo… Por favor, es la verdad…

Desconocía que yo estaba enterado del asunto y sobraban las explicaciones. Esculapio Lucano iría por el niño y jamás nos molestaría. Esa fue su promesa.

 –Mira, mira… no tiene pantaletas –grita el escuincle de los pelos rojizos y pecosidad en los cachetes y señala hacia un punto indefinido de la calle.

Ríe.

Lo ocurrido el domingo dejó de estar presente en  aquel momento y la curiosidad me obligó a levantar la cabeza.

Una mujer de piel oscura quedaba expuesta de la cintura hacia abajo, ante la fuerza del ventarrón. El chamaco no mentía. La negra no tenía elección: o tiraba los bolsones de Wal-Mart o resguardaba sus partes púdicas con la escasa tela amarilla de la falda.

Alguien le exige a la mesera un vaso de agua sin hielo y la respuesta no satisface al demandante.

–¿Del grifo o embotellada?

Todo tiene que ver con el dinero y el costo de la renta del local dentro del viejo puerto. El agua, sin proponérselo, se convierte en una costosa mercancía. El hombre estaba ahí para protegerse del viento y lo que menos quería era invertir en el espectáculo.

Tendrá que hacerlo si desea permanecer en el restaurante bar.

De no ser por los reclamos de Emmanuel, posiblemente festinaría los sinsabores que enfrentaban los policías y peatones. Gorras, sombreros y turbantes revoloteaban como pajarracos hinchados sin que sus propietarios los atraparan.

También los remolinos de polvo y basura le daban su toque surrealista al asunto.

Los recuerdos son películas color sepia que vale la pena recuperarlos.

La muerte de Viridiana pudo liberar el peso del remordimiento. Nunca permití que Emmanuel terminara en brazos de  Esculapio y hasta el día de hoy, lunes 6 de junio, le he negado su derecho de recibir los bienes de su madre, hasta que mi cuerpo sea incinerado y las cenizas esparcidas en las llanuras bajas de Pénjamo, donde aún rastrean al desgraciado capo zacatecano.

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