LA ODISEA DE RODRIGO

Por Everardo Monroy Caracas

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Lo exigiste y fue tan embarazosa la respuesta que noté tus titubeos. No quise cuestionar su rudeza al conducirnos al camarote de cuatro literas. El precio que pagaste difícilmente nos aislaría de la tripulación del crucero, durante el trayecto a la isla Anticosti, a casi mil kilómetros de Montreal.

El camarote lo compartiríamos con una pareja de filipinos.

–El agente de viajes me aseguró que el camarote seria privado –insististe.

–Lo siento, es posible que usted no lo entendiera… –repitió con desdén el hombre mantecoso, cárdeno y afeminado.

En el pectoral izquierdo, sobre el bolsillo de la camisa blanca, tenía prendido un distintivo plástico con el nombre de Billy–. Debería hablarle al teléfono celular y llegar a un acuerdo –sugirió.

–Más dinero, me supongo –masculló Sandra y tuve que tomarle el antebrazo para contener su lengua.

El empleado no era el responsable, sino quien ofreció el servicio.

Intervine.

–Ne vous inquiétez pas. Merci beaucoup pour votre attention…

Sandra volvió la cabeza y me enfrentó con una mirada destructiva. No le fue grato escucharme. El decirle al acomodador que no se preocupara y además le agradeciera sus desplantes autoritarios. Ni siquiera se ofreció en apoyarnos con los dos sacos de espalda y el veliz.

El crucero para ciento cincuenta pasajeros, anclado en el  atracadero del viejo Montreal, partiría en tres horas y nosotros fuimos de los primeros en abordarlo. Por lo mismo, Billy propuso lo de la llamada telefónica con el agente de viajes y darnos la oportunidad de hacer más privativo el trayecto de seis escalas. Visitaríamos en tres días los puertos de Trois-Rivière, Quebec, Baie-Comeau, Sept-Iles, Havre-Saint-Pierre y Anticosti.

Los filipinos aparecieron a nuestras espaldas y su acompañante, en un uniforme similar al de Billy, hizo la presentación e informó que la pareja compartiría el pequeño camarote. La joven de rasgos orientales, rubia y larguirucha sonrió y de sus carnosos labios escuchamos cuatro palabras:

–Michelle, a sus órdenes…

Su acompañante, de la misma edad, rubicundo y fortachón, la secundó:

–Jeffrey…

Y al decirlo, nos ofrecieron su mano para estrecharla…

Algo aprendería de este viaje, pensé.

Mi compañera de aventura hizo un mohin de coqueteria y se adelantó en la presentación y los saludos.

–Sandra y él es Rodrigo… Los dos somos mexicanos…

El afluente de San Lorenzo era una ancha tira plomiza que vibraba por la ventisca y los continuos cruces de lanchas rápidas y buques de carga.

Tuve antojo de beber algo frio y refrescante y no precisamente una soda.

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