LA ODISEA DE RODRIGO/II

Por Everardo Monroy Caracas

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Tienes que aceptarlo, porque así funciona el mundo. La humanidad es libre de pensar como quiera y elegir al verdugo de su incumbencia. Cada persona tiene su propio huevo y en su interior descubre el calzado que lo conducirá al sendero correcto e incorrecto.

 El pobre quiere ser rico y el rico, como buen hedonista, sostener sus privilegios de ocio, sin descartar su promiscuidad sexual. Los clasemedieros, de donde provienes, son los menos confiables. Les horroriza la pobreza y anhelan ser ricos. Al allegarse del poder militar o político optan por convertirse en entes despóticos, autoritarios y fascistas.

El único antídoto para evitar sus excesos, es la sencillez y el amor al prójimo. Tu candidez es de caricatura.

Quien te escucha, mientras sigues acodado en la baranda de cubierta, no logra contener su risa y tras sacudir su panza de porcino, te responde:

–El gringuito que mató a los cincuenta homosexuales en Orlando, nació en Nueva York, pero mamó religión y ahí fue donde la burra torció el rabo…

Michelle y Jeffrey intentan ignorarlo. Sandra ronca sobre la silla de playa, adherida a la plataforma. Los whiskys la noquearon. En sesenta minutos  arribarán al atracadero de Trois-Rivières y el capitán les informó que permanecerán dos horas en aquella ciudad erigida en el siglo XVII. Hay permiso para descender y conocer algunos lugares de interés turístico. Durante esa parte del trayecto, han quedado rezagadas veinte o veintidós islas y entre ellas, Santa Helena, Verde, Grosbois, La Grande, Santa Teresa y Bouchard. Otras doce les aguardan dentro de los ciento cincuenta kilómetros de recorrido.

Difícilmente puedes debatir con un ex militar que combatió musulmanes en Afganistán después del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Aquella mole de carne rojiza y un par de esmeraldas en los ojos, no oculta su resentimiento hacia los fundamentalistas islámicos. Medio centenar de amigos canadienses y estadounidenses fueron abatidos por sus adversarios.

–¿Significa que usted culpa a la iglesia islámica de lo que ocurre en los países en guerra?  –cuestionas.

De la hielera sacas un par de cervezas de lata y le ofreces una.

–Es una guerra santa, claro, pero detrás de todo también se encuentran la industria de guerra y los hidrocarburos –responde luego de destapar al recipiente de aluminio.

Su mujer, de origen salvadoreño, lee una revista de modas. Se ha tirado sobre una toalla con un reducido bikini. Tiene su cuerpo ajado y algo requemado por el sol. Otras mujeres hacen lo mismo y un par de ellas aún conservan sus carnes firmes y juveniles.

Las aguas del rio huelen a yodo y desde la cubierta, donde los pasajeros no cesan de accionar sus cámaras de video, es posible observar la concurrida autopista Félix Leclec y algunos caseríos y campanarios de iglesias. El verdor de la flora impone su presencia a lo largo del valle y no hay huella visible de suciedad o miseria.

El decano militar desiste en sus alegatos y fobias ideológicas y azuzado por el alcohol y la tristeza, hace una revelación:

–Mi mujer tiene un problema de salud y es posible que este sea su última salida.

Lo escuchas en silencio, aun de pie y acodado en la baranda, y nada respondes. Intuyes que el hombre la ama demasiado y seguramente no sobrevivirá a su pérdida.

Una voz femenina informa, a través de los altoparlantes, que el crucero navega en el lago Saint-Pierre y que en cuarenta minutos atracarán en Trois-Rivières, ciudad con ciento cuarenta mil habitantes e importante productora de electricidad, papel, biotecnología y muebles para oficina y de uso doméstico.

La noticia de la masacre en una discoteca gay de Orlando, Florida, ocurrida durante la madrugada del domingo, no parece haber alterado el buen ánimo de la mayoría de turistas. El ofrecer barra libre durante el trayecto a la isla de Anticosti es uno de los principales atractivos del pequeño crucero Le Laviolette.

Sandra sigue sin enterarse de lo que ocurre y te das cuenta que se ha despojado del brassier y un adolescente negro, de cabellera a la mohicano, la observa con detenimiento. No es para menos.

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