ONÁN NO TIENE MANOS

Por Everardo Monroy Caracas

SDC18839Puedes tener dos maquinitas, de quince dólares cada una, para reventar granos de maíz palomero o cocer arroz peruano o tailandés, y nada cambiará, porque continúas amarrado en las telarañas de tu cuarto. De igual modo, siempre despiertas con los intestinos repletos de desechos y la pinga parada y dura, como un trozo de bronce pulimentado y pegajoso.

Y en el cuarto contiguo que sirve de cocina, el refrigerador tose y tose hasta exasperarte. Lo mismo ocurre al escuchar los repetitivos taconeos de la vecina, después de discutir con su marido.

Nunca enfrentarás un viernes diferente y menos en primavera, cuando la edad acumulada es el libro más antiguo de tu vida. Has pisado tantas banquetas y sigues sin comprender los misterios de la inteligencia. Todo es tan simple y monótono que hasta la Muerte se ha vuelto predecible y amable. Ella cada noche entra a la habitación, toma asiento a la orilla de la cama y deposita su mano helada sobre tu frente enfebrecida.

Cada objeto presente en la habitación fue fabricado con un propósito y ese es su valor. Tienes una mesa esquinada cubierta con un mantel rojo; un televisor plano de veintiún pulgadas; una vieja silla tubular con respaldo y asiento de lona y un buró de varilla corrugada y cristal que sostiene una polvosa lámpara de pie que ilumina tu libreta de apuntes y los dos volúmenes de Octavio Paz –Las trampas de la fe—y Arthur Miller –Vidas rebeldes–.

La dama de negro, dame noir, te intenta leer la nota principal del periódico que un día antes recogiste en alguna estación del Metro.

Es viernes, vuelves a recordarlo, y sigues solo, aislado del mundo, y nuevamente escuchando el piar de las golondrinas cachondas y el suave roce de las hojas de maple. Nada parece interesarte, salvo aguardar el desenlace de una historia triste, ajena a la tuya.

La sociedad es tan fellinesca que al observarla con detenimiento llegas a comprender los alcances infinitos de la dame de noir y su condescendencia con los fracasados y solitarios.  Sor Juana Inés de la Cruz, la monja poeta, en labios de Paz y sin perder vigencia.

Mas desperté del dulce desconcierto/y vi que estuve vivo con la muerte/y vi que con la vida estaba muerto.

Es viernes y el mundo gira. Lo tienes frente a ti, salpicado de nombres y colores, y es de plástico. Si bajas un poco la vista te sorprenderá confirmar que en aquellos cuatro alargados estuches de tela y cremallera se esconden seiscientas películas en discos metálicos y cada una revela una tragedia, según te cuenta la Muerte.

–Cállate imbécil…

La vecina no logra contener su enojo. No es la primera vez que llama imbécil al parapléjico de orejas puntiagudas y manos parecidas a patas de palmípedo.
¿Y qué me dices del bolsón del supermercado repleto de bastimentos o la pasta dental con la panza estrangulada y temerosa que nuevamente la traslades al sanitario, la exprimas y deseches?

Son inocultables y están bajo la mesa.

Pocos pueden creer que en pleno junio, en aquel espacio de nueve metros cuadrados, escondas tu confusa existencia. Tú supones que Karika hace lo mismo en Toronto, frente al ordenador portable, y sin las miradas curiosas de sus hijos. Su cuerpo ya no es el mismo. Sus pechos son tibios, enormes y pesados y siguen presentes en tus noches de concupiscencia solitaria. Onán impone sus caprichos después de persignarte y te avergüenzas. Evocarla de esa manera no es de caballeros.

La dame de noir aparta su velo de encaje negro y su palidez ya no te sorprende. Es bella y delicada, como Karika. Le agradeces su visita y vuelves a recostarte bocarriba, con la mirada fija en la lámpara del cielo raso, y no te sorprende lo que escuchas. El parapléjico ha sacado fuerzas de no sé dónde y defiende su dignidad de hombre-molusco:

–Vete a la mierda, desalmada…

Si Karika estuviera aquí, seguramente lo abofetearía, antes de vaciarle el cesto de desperdicios en la cabeza. Odia a los patanes.

Intento dormir nuevamente…

Ay Karika… si supieras…

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