LA ERECCIÓN DE AURELIO

Por Everardo Monroy Caracas

A1(12)De repente se creyó el dueño absoluto de la solución del problema. La masa de maestros en paro, de sangre indígena, sería sometida a garrotazos y hambre. Su figura regordeta, en calzoncillos, destacaba en el espejo del guardarropa y a sus espaldas, en el lecho con sábanas de lino, era observado por Marietta, su estupenda amante de medidas espectaculares.

–El señor presidente así lo quiere, no es cosa mía –quiso justificarse.

Marietta le dio un nuevo sorbo a su vaso de leche. Sus prótesis, de generosa dimensión, reposaban sobre la mesita de aluminio donde desayunaba.

–Te adora Enrique… Él sabe que vas a someter a esos indios apestosos y comunistas…

Aurelio respiró con fruición y siguió con el ritual de disfrazarse de ejecutivo. En esta ocasión, utilizaría una corbata azul porque almorzaría con tres legisladores del Partido Acción Nacional y dos obispos.

–No es un asunto común, porque está en puerta la designación del próximo candidato a la presidencia… Hay muchas patadas bajo la mesa y desde las secretarias de gobernación y hacienda…

–¿Y qué dice el presidente? ¿Por qué no los controla? Le hacen mucho daño al país…

–Ay Marietta, el país es lo que menos le preocupa, sino su salida. A estas alturas del sexenio ya hizo su trabajo… En estos momentos sus adversarios son los mejores aliados. La reciente derrota electoral del PRI es un triunfo para el presidente, porque desactivó protestas callejeras…

Aurelio prefería sus encuentros sexuales con Marietta en la casa de descanso de Xochimilco. Ella lo recogía en la parte trasera del vetusto edificio de la SEP y sin testigos lograban abandonar el corazón de la metrópoli. Sus colaboradores cercanos, como el secretario particular y el jefe de seguridad, suponían que descansaba en su privado del despacho. Aurelio les argumentaba que trabajaría toda la noche y ordenaba que nadie lo molestara. Si algo necesitaba se los haría saber por teléfono.

–Meter a la cárcel a los cabecillas fue una buena jugada, mi amor… –asentó la ex-estríper del Marrakech de Las Vegas, Nevada, donde se conocieron–. Ahora que los policías y jueces hagan su trabajo, no debes preocuparte.

El ministro de educación bajó la vista y comprobó que sus piernas estaban muy delgadas y pálidas. Necesitaba asolearse y hacer ejercicio. Lucrecia constantemente ponía de ejemplo a Cazares, el subsecretario de educación, por su porte atlético y el color aceitunado de la piel. En las madrugadas corría en el bosque de Chapultepec y por las noches entrenaba box con un maestro particular.

La presión ejercida por los ocho multimillonarios impedía cualquier atisbo de negociación política con los mentores disidentes. La educación era un asunto de seguridad nacional. Impensable cederle a los comunistas y socialdemócratas las mentes de millones de niños y jóvenes mexicanos. Era fundamental la poda de maestros “procomunistas”, como calificaban a los opositores a la reforma educativa.

–Si usted sede, Enrique, perderemos todo lo logrado hasta este momento –advirtió el presidente de la Asociación Nacional de Escuela Católicas y propietarios de ocho universidades privadas, Luis Cardenal–.  No queremos otra Cuba o Venezuela en nuestro país y menos en estos tiempos de crisis financiera y ataques terroristas en Europa y el Medio Oriente.

Sabia de lo que hablaba el empresario, compadre de cuatro obispos y miembro de los consejos de administración de medio centenar de seminarios y conventos. Los tres principales partidos políticos del país –PRI, PAN y PRD—habían avalado la reforma educativa y tendrían mayor ascendencia en ese sector los inversionistas privados y las iglesias. Los libros de texto gratuito divulgarían las bondades de la libre empresa y el SNTE era el único aliado confiable en los asuntos sindicales. Por lo mismo, Aurelio tendría que ajustar su función pública a las directrices acordadas por los principales patrocinadores de las campañas preelectorales de los políticos de elite. No en balde también eran accionistas de los corporativos mediáticos de Estados Unidos y México.

–Ya levántate para que me dejes en la SEP  –demandó Aurelio en tono amoroso–, porque en dos horas tengo un almuerzo y ya son las siete…

Marietta sonrió e hizo un mohín de complicidad. No le molestaba compartir al político con Lucrecia y sus tres hijos. Estaba consciente que Aurelio disfrutaba a su lado y lo complacía en todos sus caprichos de cama. Únicamente lograban reencontrarse dos veces al mes y ni siquiera podían comunicarse por teléfono. Las citas las programaban antes de separarse. En algunas ocasiones sus encuentros los realizaban en lugares turísticos del país o en el exterior, de acuerdo a la agenda del ministro.

–Entonces te busco el viernes ocho… –le insinuó Marietta.

–No corazón, el martes te vas a Londres, porque tengo que asistir a un encuentro con los ministros de educación de Inglaterra, Italia, España y Portugal y es posible que me reciba su santidad en El Vaticano, donde acudiré con Lucrecia y mis hijos.

–Te amo, gordito. Soy muy feliz a tu lado –dijo Marietta al abandonar el lecho.

En segundos, su sinuosa desnudez desapareció tras el espejo-puerta de la sala de baño.

Aurelio no logró controlar la erección.

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