LOS EXPULSADOS DEL PARAISO

Por Everardo Monroy Caracas

Adam-and-Eve-banished-from-Paradise-Masaccio-c.1427-bLa isla es una plasta de concreto y pavimento y la gente es de andar rápido para no morir. Cada individuo se conecta a dos puntos geográficos concretos y en esa rutina diaria logra allegarse de lo necesario. Sus casas y departamentos tienen habitaciones horadadas con cristales polarizados y espejos y jamás faltan los retretes, los muebles de fórmica y los retratos de miradas lánguidas y rostros adustos. Han aprendido a disfrazarse y maquillarse y esconder sus pintorescas vestimentas y máscaras en los roperos horadados en las paredes. Llevan una doble vida disoluta y un pasado con apellidos memorables para los vecinos. Les avergüenza la grasa humana y las arrugas faciales.
La isla tiene cerros y agua turbia por el exceso de desechos industriales y nieve derretida. Su necesidad de respirar en las calles les dio arrojo para perforar los acantilados y allegarse de las culturas y tornasoles del mundo exterior. Su trotar diario les exige sueño y televisión y sin ambas dejarían irremediablemente de existir. Es conmovedora la actitud que asumen al congelar sus alimentos: en cajones metálicos fabrican hielo y en su interior reposan trozos de cerdo y vaca y pequeños contenedores de plástico con ensaladas, jugos frutales y una sopa de espárragos con desperdicios de pollo sacrificado a la usanza kosher. Un vaho blanquecino resbala por el metal y lame sus descalzos pies de ermitaño. El pasado de hambre y penurias sigue latente.
La isla tiene hombres y mujeres, asimétricos y cabizbajos, a quienes les otorga amor y cobijo. Es la perfecta madre parturienta y religiosa. Como en Babel, donde la lujuria cabe en la palma de una mano, abre sus fauces de acero inoxidable y se allega, en la mayoría de sus costados vidriados, de escalones eléctricos para alcanzar el cielo. En sus entrañas se ha hecho construir grandes coliseos con vitrinas y luces de fosfato donde el barullo y el tintinar del dinero convierten a sus moradores en mercaderes avaros y desmemoriados. El sol es el padre de la electricidad y la luna, el sortilegio de los obesos arrepentidos que recorren en sillas de ruedas los gimnasios y supermercados de suplementos alimenticios, alentados a medianoche en la televisión. Es tanta su felicidad que consumen antidepresivos y Viagra antes de desayunar o dormir. La alegría tiene su precio.
La isla carece de dientes porque todo lo entuba y engulle sin masticar. Tiene vigilada a su gente y ha creado su propio ejército de místicos y militares que la protegen y alimentan. No la dejan morir y, por el contrario, la amamantan con sangre y huesos humanos. Los enfermos y miserables no necesitan ser refrigerados antes de ser engüidos. Simplemente son metidos en sarcófagos de madera enlacada y enterrados en los sumideros bendecidos por cardenales y notarios. El holocausto también debe ser practicado por exigencia de Dios. Ni los asesinos a sueldo lograr redimirse ante el poder de sus fusiles. El paraíso les exige desnudar su instinto y alimentarlo de carroña.
La ciudad ama el verdor de sus yerbas y la soledad de sus jilgueros. Sin embargo, cada cuervo que arriba, tiene derecho a depositar su miedo a la entrada y no dejarse ver durante los atardeceres. La noche es de los vagabundos y las ratas y el día de los productores de sudor y miedo. Han sido condenados a permanecer frente al mostrador pagano o en un escritorio con ordenador y sellos oficiales. Deben sonreír durante ocho horas por un salario despreciable. Únicamente los obreros industriales tienen prohibido mirar al igual, tan sucio como sus pensamientos, y jamás separarse del casco y los guantes color mierda. Cada palabra pronunciada sin autorización por el capataz carcome la paga semanal. Vagan entre etiquetas y reses destazadas que cuelgan en ganchos y no cesan de sangrar.
La isla alienta a sus hijos a no marginar su libido, muy necesario para la recreación, y en los prostíbulos e iglesias pueden encontrar sexo gratificante y el perdón de la divinidad. La saliva y el semen abonan la semilla de la vida y convierten a los mortales en personajes redimidos. Cada cuerpo es atrayente y sudoroso, una mercancía expuesta a la inconsciencia momentánea. Solo los santos oleos de una virgen inmaculada impiden que el pecador del lecho contrario transgreda el orden de la concupiscencia y haga del orgasmo repetitivo una divisa de libertad y cambio. Es importante aclarar que toda reacción tiene un efecto: el límite autorizado por los fabricantes de condones y la anuencia suicida de los espermatozoides vírgenes. Nadie puede girar la cabeza hacia la izquierda, porque corre el riesgo de perderla.
En una islade enanos y deformes, el cine es la salvación. Gracias a las cámaras de video que pululan en todas las calles y semáforos, la belleza de la humanidad es un asunto público. Los espejos terminaron mintiendo y ahora es el cine quien refleja con verdad incuestionable la belleza y la esbeltez de los personajes que alquilan una butaca y lentes tridimensionales. No hay fealdad más horripilante que la de un purista alejado de las salas cinematográficas y del televisor. Cada actriz cincelada por la estética griega es la mujer que el hombre común, el de la calle, tiene en su cama y le cocina. El actor, de la misma arcilla virtual, también hace su parte y permite fabricar cuneros, sonajas y mamilas en los refugios temporales de salario mínimo. La felicidad es única, pero incompleta.
La isla mide el tiempo con el calzado de sus moradores. Cada pisada la oxigena y el taconeo produce una música tan amada y promovida por el inversionista privado. Sin ese sonido repetitivo y terrenal también los bancos perderían clientela. Nadie debe detenerse. (Odian a los camellos por tener el privilegio de conocer el cielo y lamer la sal ofrecida por algún arcángel). Los asilos de ancianos amenazan la supervivencia del capital y el cierre obligado de la industria de juguetes y ropa de lencería. Ni los darwinianos se oponen a la procreación selectiva, porque nadie armaría en línea sus rasuradoras eléctricas. No hay mayor peste que la vejez asexuada y el asesinato por vicios. La isla alienta el movimiento y en breve, de seguir así su masa mediatizada, tendrá que convertir en generadores de aliento a los rufianes y demagogos. El trabajo y la casa, los puntos referenciales del individuo común, han transformado la isla en el paraíso de los solitarios timoratos. Ni las serpientes parlantes o los profetas del Armagedón podrán alejarse de la electricidad, el papel sanitario y el grifo de agua. La salvación de la isla está garantizada.

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