DESPUÉS DEL SESENTA Y OCHO…

Por Everardo Monroy Caracas

EXTASIS-SEXUAL-ORGASMO-MUJERES-ARTE-EROTICA-PINTURA-CUADROS-RETRATOS-ERNEST DESCALS-Dímelo tú si ella sigue ausente. Intento recuperarla por donde me desplazo y se diluye. Ni siquiera su fragancia ha perdurado en las prendas que conservo: sus dos braguitas rosadas, los ligueros de seda y el sujetador de encaje negro.

La intranquilidad incomoda porque duele. Es el recuerdo doloroso de tu ausencia. Hay tanta soledad que la memoria flota en las aguas turbias del remordimiento.

Todos nos equivocamos y lo lamento.

–¿Te gusta?

–Me encanta…

–Entonces déjate llevar…

Las imágenes no mienten. Me tienes atrapado, desnudo. Tu cuerpo fresco, de diva, se restriega en el mío y palpita. Es incontenible y estoy por desbordarme.

–Relájate… –pides–, no me dejes caliente…

Accedo.

Sandra ha dejado de mentir, mientras el barco se desplaza en medio de la nada. La luna teme dejar sus huellas plateadas y se oculta. La oscuridad es absoluta. Solo la luz del camarote denuncia nuestra intimidad. El puerto de Quebec nos aguarda y la fiesta en la discoteca marca sus compases.

Filmamos sin interrupción cada escena. Es una locura. Tú, atrapando con ambas manos mi lanza de guerrero y succionado su sabia. El placer es inenarrable y debo compensarte. Ahora es mi turno y nos ensamblamos en un perfecto sesenta y nueve. Emites ruidos guturales y largos suspiros de reclamo. El orgasmo está cerca… lo murmuras con grititos prolongados.

 Lo de tu boda en noviembre aviva mis deseos. No puedo oponerme. La despedida era inminente y me lo recuerdas a cada arremetida. Ahora tengo tus piernas en los hombros y te ensarto hasta sentir tu almeja uterina, de yesca y lubricante.

Imposible describirlo…

–Si así lo quieres, lo respeto –te digo al conocer tu decisión.

–No es el final –insistes–. Pietro ya está muy viejo y no quiere dejarme desamparada…

–Lamento no poder ofrecerte lo mismo, vivo de la asistencia social…

–Tonto, yo fui quien te escogió y es por algo…

Y al decirlo, te encaramas sobre mi pecho y me besas los labios con fruición. La reacción es inmediata y vuelves a montarte y cabalgar hasta desbocarte. Tus pechos saben a miel virgen, como tu saliva.

–Me encanta tu verga… No quiero que se salga… –suplicas y entrecierras los ojos.

Eres tan bella, tan inocente y bellaca. Ni como oponerme. Tus duras nalgas reposan sobre mis piernas y las restriegas a cada embestida. No tienes llenadero. Eres una verdadera yegua en brama y así te calificas.

–¿Y qué harás en Montpellier? –pregunto sin desprenderme de tus carnes volcánicas.

–Atascarme de embutidos y mariscos, qué mas –respondes y ríes antes de sellar mi boca con la tuya.

El recuerdo sigue vivo y las imágenes no mienten. Es junio y el verano hace de las suyas. Nadie puede acompañarte y en el departamento de Outremont la secadora retumba por la falta de aceite.

Los quejidos de siempre en un espacio de evocaciones y olvidos.

El microondas pita y pita porque has olvidado tu tazón de avena. Por el momento no tienes apetito.

Sandra vivirá en la rue du Chelia, a la vera del rio Lez y podrá allegarse de alimentos en el mercado de Carrefour, el de la Place de Phocée. Lo merece. Pietro es un anciano y el mal de Parkinson le impide ser autónomo y productivo. Es nuestro mecenas.

–¿Por qué no me alcanzas en Francia? –sugieres después de la batalla y no cesas de besuquear mi ingle, el pene y los testículos.

–Lo haré, déjame resolver algunas cosas y claro que seguiré tus pasos…

Miento y me avergüenzo. No podría traicionar a Pietro, se lo juré antes de nuestro viaje en el crucero. El viejo merece pasarla bien en la última etapa de su vida. Le debo mucho. Sin su apoyo difícilmente hubiese salvado mi vida en Tegucigalpa. Yo era un cliente asiduo de una de sus pizzerías y fue ahí, en el local de La Miraflores, donde conocí a Sandra, su amante consentida.

La guardia nacional nada pudo hacer para capturarme. Había desaparecido, gracias a la generosidad de Pietro, que en una de sus avionetas me sacó de Honduras.

Intento abandonar el lecho y no puedo. Opto por congelar la imagen en el televisor y reclinarme en la almohada. Es el instante en que Sandra atrapó el cipote entre sus senos y lo mamará hasta desbordarse el semen en su cara.

Me duele tanto su ausencia que prefiero dormir o emborracharme. Una de sus braguitas descansa sobre mis ojos y sollozo…

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