¡SOY NORMA..!/XIII

portada norma2Una mujer de quince años sueña y poco reflexiona. Las emociones mueven sus sentimientos y supone que todo es fácil y superable. En San Francisco de Limache nunca me preocupé por nada, porque mis padres me vestían y alimentaban. Los pesos ganados en el despacho del abogado Cabezas terminaban en manos de Emma y una parte del dinero lo invertía en ir al cine o comer golosinas durante mis paseos dominicales.

Como toda chiquilla de la época, varios jóvenes de mi edad intentaron seducirme sin darles esperanzas. Ninguno parecía interesarme, porque jamás lograban igualarse a mi padre Guillermo El Gringuito, un hombre culto, de ideas revolucionarias y un admirable artista plástico. Por él empecé a leer poesía, periódicos y novelas realistas, principalmente de autores rusos, como Máximo Gorki, León Tolstoi y Fedor Dostoievski. También intenté seguir sus pasos y asimilar las técnicas del arte pictórico.

–Primero tienes que conocer los colores y sus mezclas –me repetía, después de hacerme lavar la paleta, las brochas y las espátulas–. También debes ser muy buena observadora e intentar dibujar cualquier cosa. De los trazos viene el volumen y cuando domines ambas cosas, has dado un importante paso, cabrita…

La comuna no llegaba aun a los cuatro mil habitantes y el aire siempre olía a tulipanes, rosales, geranios, girasoles, lirios y margaritas. Cada jardín no ocultaba sus fragancias. El verdor de las calles era tal que difícilmente puedo recordar los otoños o inviernos sin hojas verdes o doradas. Ni siquiera la tarde fría de noviembre cuando estuve en riesgo de morir ahogada tras caer de una patineta en las cercanías del estero Pelumpen, por la salida de la calle Riquelme. En esa vertiente del rio Aconcagua me golpeé la cabeza y al abrir los ojos escuché el susurrar de los sauces y las nogaleras. Mis pies seguían hundidos en las aguas oscuras del estero y me descubrí sola, ajena a todo, pero feliz de reencontrarme con la naturaleza. Frente a mis ojos y tras una larga hilera de pinares, sobresalían los huertos de almendros, olmos, naranjales, guavas y limoneros.

Entonces escuché una voz masculina, grave y condescendiente:

–¿Estás bien, muchacha? ¿Cómo te llamas?

Un hombre barbado, de cabellera revuelta color paja y ojos azules, como zafiros, intentó tocarme y lo rechacé. La barba cana le llegaba al pecho y me observaba con gravedad. No respondí y volví a entrecerrar mis ojos para intentar alejarme de aquella visión.

Únicamente recuerdo que nuevamente su voz se deslizó a mi cerebro como un bálsamo mágico que me tranquilizó:

–No pasó nada, anda, descansa y regresa a tu casa, donde te esperan tus padres… Ten, con esta flor encontrarás tu destino de lágrimas. El amor no es lo tuyo, sino el sacrificio.

Desperté con un ramillete de zarzamoras en mi mano derecha y esta sobre el corazón. Nunca más volví a encontrarme con ese hombre y tampoco comprobar si realmente existió, pero la presencia de aquellas flores violáceas de tallo espinado, fueron una prueba irrefutable que algo ocurrió durante mi desvanecimiento. Y aludo este hecho, porque durante mi primera visita a Valparaíso, la misma planta apareció ante mis ojos y me recordó aquel triste pasaje. Sin embargo, puedo asegurar que en esos instantes, yo estaba bajo el embrujo de una pasión irracional, de adolescente, y ante la creencia de suponer que la felicidad podía existir de la mano de un mozalbete de mi edad.

No me preocuparon las consecuencias, sino el hecho de sentirme protegida por aquel apuesto cabro que Frida me presentó, en el comedor de su casa, tres días antes de mi retorno a San Francisco de Limache. En esa ocasión, Manuel Ernesto no logró borrar de sus antebrazos los rastros de su oficio de pintor de brocha gorda, pero su revuelta cabellera la había domesticado con gomina y semejaba a un chulo de alguna barriada de Buenos Aires. En torno a la mesa nos encontrábamos doña Carmen, Frida, Manuel Ernesto y yo. El cocinero regresaría a la medianoche del Campo Marte, de la zona naval, y el hambre nos acicalaba. Cenaríamos un caldillo de mariscos con verduras y leche y empanadas de queso.

–Tienes que conocer el puerto, Normita y que mi hijo te acompañe –me sugirió doña Carmen mientras vaciaba el cucharon de caldillo en mi cuenco.

Frida asintió, no puso obstáculos.

Manuel Ernesto y yo únicamente intercambiamos miradas y bajamos la cabeza. No negaré que me atrajo su mirada melancólica, los trazos delicados de su rostro lampiño, su sonrisa fácil y la madurez de sus planteamientos sobre lo que, en esas fechas, ocurría en nuestro país. Le apasionaban la lucha sindical y las ideas socialistas. Tal vez esto último me hacía evocar a El Gringuito y me entusiasmó imaginar que, por sus ideas políticas, tendría cabida en el seno de mi hogar.

Pensar de esa manera, confirmaba mi interés por seducirlo y sujetarlo a mis caprichos. Es una regla incuestionable: la mujer elije a su pareja y si se equivoca debe pagar las consecuencias, como me sucedió. Por el momento, lo escuchaba con arrobamiento:

–El próximo año son las elecciones municipales y el Partido Comunista va solo en Valparaíso y en otras comunas. Nada con los partidos Radical, Socialista o Agrario Laborista….

–No te metas en jaleos, Manuel –insistía su madre después de oír su perorata de bolchevique–, Chile ya no está para extremismos, quiere paz, pan y trabajo…

–Los ricos así nos tienen mamá –repelaba Manuel Ernesto— ¿Y tú qué opinas, Norma? –me preguntó sorpresivamente al darse cuenta que le ponía atención a la charla de sobremesa.

–En San Francisco siempre ganan los socialistas, pero yo no sé mucho de estas cosas. Yo solo repito lo que le he escuchado decir a mis padres y al licenciado Cabezas…

En realidad, de las 178 municipalidades que participaron en las elecciones del 6 de abril de 1947, los partidos políticos que lograron colocar al mayor número de alcaldes y concejales fueron, en este orden: Conservador, Radical, Liberal y Comunista. Sin embargo, los socialistas y demócratas impusieron su triunfo en Valparaíso, Viña del Mar y San Francisco de Limache. En esa contienda se registraron tres mil ochocientos treinta candidatos de once partidos y algunos independientes, como el que ganó en Santiago, José Santos Salas Morales, por la Unión Social Republicana de Asalariados.

Durante los tres días que permanecí en Valparaíso, Manuel Ernesto nunca se separó de mí. Su propia madre alentaba nuestra relación para alejar a su hijo de Frida, quien prefirió guardar su distancia para no despertar más suspicacias que pudieran afectar su matrimonio. Nunca imaginó doña Carmen que su condescendencia desembocaría en un hecho que trastocaría el curso de mi vida. Manuel Ernesto me convenció para conocer el Parque Rubén Darío, levantado en uno de los pináculos de Playa Ancha, sin saber que era el lugar preferido de los enamorados para intimidar sin temor a ser molestados por la policía. Precisamente en aquel punto poblado de peumos, palosantos y bellotos, sellé mi vida amorosa con el hombre que supuse seria un esposo fiel y padre responsable.

Lo irónico del destino es que Manuel Ernesto, después de nuestro encuentro íntimo, cortó un ramo de zarzamoras y en tono de broma, susurró a mi odio:

–Tenés vos, para que me recuerdes a tu regreso a Limache y no me olvides…

Luego me dio un largo beso en la boca y probó la salinidad de mis lágrimas.

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