LA LOCOMOTORA BLANQUIAZUL DE LA MUERTE

Por Everardo Monroy Caracas

40801_10150264159560065_789070064_14271097_2355900_nEn algunos países industrializados, principalmente europeos e incluso en Estados Unidos y Canadá, hay una tendencia de permitir la compra de enervantes sin acoso policiaco. En sus principales ciudades existen lugares públicos o hasta clínicas financiadas por sus respectivos gobiernos para que el adicto fume, inhale o se inyecte la droga sin ser molestado. Incluso, en Vancouver, Canadá, el gobierno proporciona hipodérmicas y hasta asiste al adicto a la heroína para que no se lastime alguna vena. InSite se llama el programa y cada mes atiende, con ayuda de enfermeras y médicos, entre 20 mil a 25 mil narcodependientes. El servicio es gratuito.
En Montreal existe un parque donde integrantes de organizaciones no gubernamentales, con recursos públicos, también asisten y orientan a sus adictos. Es una manera de palear la violencia que puede generarse por la falta de cuidado de sus enfermos por adicción. Incluso, se trata de un asunto de seguridad pública.
Paris, Roma, Zurich y Madrid aplican sistemas preventivos similares, sin evitar que la droga circule libremente y no varíe el precio, en detrimento de la sociedad. Normalmente un adicto a la heroína requiere de cuatro dosis diarias. Tiene que allegarse de dinero para satisfacer sus necesidades. De ahí que el robo al menudeo, en la mayoría de los casos no denunciado por las víctimas, afecte principalmente a la clase media y a trabajadores de salario mínimo.
En Buenos Aires, los “Kioskos”, como se les llama a las tienditas donde se adquiere la droga, atraen a gente adinerada y la policía no la molesta. Simplemente interviene cuando los narcomenudistas rompen las reglas de convivencia y convierten los barrios en centros de reclutamiento de sicarios o extorsionadores. Por ejemplo, en los barrios de Illia y Rivadavia, capos peruanos tenían el control de la droga y eso provocaba constantes enfrentamientos con bandas criminales bonaerenses.
Desde Tijuana a Santiago de Chile, la proliferación de adictos y narcomenudistas son parte de una realidad estremecedora. Cuba es de los pocos países que no tiene ese problema. Incluso, en Estados Unidos el problema se agudiza al comprobarse que el consumo de enervantes duros, como el crack y la heroína, predomina dentro de las fuerzas armadas y en sus cuerpos policiacos. Afganistán, intervenido militarmente por fuerzas de ocupación extranjeras,  se ha convertido en el país que produce el 90 por ciento de la heroína que requiere el mercado europeo y estadounidense.
Los adictos cada día ganan terreno y, al igual que los enfermos de Sida, exigen derechos y respeto a su decisión de autodestruirse. El problema es que en su caída, consciente o inconsciente, arrastran a su respectiva familia. No hay manera de aislarlos. Padres, hermanos y amigos se consumen al igual que ellos en la angustia, tristeza y desesperación. No encuentran luz en su camino.
Entonces viene el dilema: ¿es la familia o el Estado quienes tienen que intervenir en el combate a las drogas y, sobre todo, el oponerse o permitir el consumo individual? El negocio sigue floreciente a pesar de la estela de sangre humana que deja a su paso. Según estimaciones de peritos en la materia, durante el gobierno de Felipe Calderón fueron asesinadas, por el asunto del narcotráfico, casi 180 mil personas. ¿Esto es justo?
La sociedad tiene que debatir sobre el tema y ser más exigente al elegir a sus gobernantes. No pueden darle un poder omnímodo a un psicópata disfrazado de defensor de la ley y el orden y que ha enlutado miles de hogares mexicanos. Detengamos a esa Locomotora blanquiazul de la Muerte…

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