TRES DE VAQUEROS

Por Everardo Monroy Caracas

gunfighters-422370919-largeEs una locura. Tu y yo entramos al cine para ver dos películas por veinte pesos y resulta que tuvimos que discutir en el lobby y frente a la empleada de la dulcería. Te lo había advertido antes de reencontrarnos en La Alameda Central, cerca del Palacio de Bellas Artes.

–Nada de peleas, por favor… Quiero que disfrutemos las películas y después cenamos en el restaurante de Yang Lee, en la Dolores.

Llevábamos dos meses sin vernos y tú fuiste quien me buscó en la sala de redacción. Llegaste hasta mi cubículo, te plantaste tras la computadora, y dijiste:

–Hagamos una tregua y pasemos un domingo sin enfrentamientos, como dos buenos amigos…

–Vale –avalé–, me gusta la idea…

Tu porte me sedujo, porque tuviste la sensibilidad de sobredimensionar las nalgas que tanta concupiscencia me despiertan. También tu cuerpo semejaba un perfecto jarrón jónico, de esos que se exhiben por treinta dólares en los extraordinarios museos de Tenerife o Kabul.

El verte así, tan entera y hermosa, rompió cualquier intención de reproche y accedí a ser yo quien invitara la cena, en el mismo lugar donde un año antes nos conocimos, después de tu ruptura matrimonial.

Las dos películas westerns que veríamos formaban parte de la matiné dominical y fueron realizadas en 1947 y 1954: Pistoleros (Gunfighters) y El Valle de la Ira (Ride Clear of Diablo). La trama tenía los ingredientes necesarios para no manosearnos durante su proyección: suspenso, amor, muchos balazos, traición, corrupción y heroísmo. Hasta una canción del flaco de oro, Agustín Lara, sería interpretada por una prostituta de cantina. Los protagonistas principales, Randolph Scott y Audie Murphy, coincidirían en un solo propósito: vengar a sus amigos y familiares, asesinados por rufianes amparados con una estrella de sheriff.

Todo iba de maravilla: Anabel y yo nos saludamos de beso en el reencuentro, coincidimos que el día era soleado y agradable y abordamos el microbús en el Eje Central hasta descender a media cuadra del Cinema Teresa. Durante el trayecto, los temas que abordamos fueron ajenos a nuestra labor de periodistas o de militancia política.

“Si quieres perder un amigo, defiende tu fe religiosa, el equipo de futbol preferido o habla de política”.ride_clear_of_diablo-847253202-large

Mi abuelo Rico tenía razón y  solo le faltó agregar, otro causal: mentirle a tu pareja y ser descubierto.

Para mi mala suerte, en la sala cinematográfica fui abordado por Estela Reyes, la cronista de espectáculos del Esto y sin importarle que Anabel me acompañara, me reclamó por haberla dejado plantada y con la cuenta en el bar Los Amorosos.

–Eres un puto cobarde y tacaño, hijo de la chingada… Me la debes…

Y no me cacheteó porque sabía que alguien podría filmar la escena con su celular y viralizarlo por Internet. Estela era casada con uno de los editores de su periódico.

Anabel inició la retahíla de reproches y todo se vino al traste. La bolsa de palomitas me la vació en la cabeza y me recordó que por lo mismo odiaba a los radicales maoístas.

–Se creen con el derecho de hacer de la promiscuidad una regla de vida y solo son unos asquerosos degenerados que no respetan a la mujer y la familia…

Finalmente tuve que reventarme solo las dos películas de balazos y en verdad no me arrepiento, porque las disfruté, sobre todo Pistoleros, basada en una buena novela de Zane Grey: Las gemelas de sombrero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s