EL TORO LOCO

Por Everardo Monroy Caracas

17359_gilt__1983___robert_rauschenberg_La tienes bocabajo, anhelante y difícilmente puedes contener la risa. El espejo del cielorraso semeja un deplorable cuadro picassiano, surreal en lo absoluto. No lo dices por ella, que tiene lo suyo y es como ascender a rapel sobre un par de colinas de caoba, poderosas e incomparables. Eres tú el que da lástima, por estar tan desnalgado y con ese sendero de pelo plateado, crespo, que cubre tu espalda y desaparece entre la línea oscura del trasero.

Mirar hacia arriba, antes de penetrarla, fue tu mayor error.

La edad te llegó con todo y si no fuera por tu dinero y la lealtad que le guardas al bar de los Trudeau no se repetirían este tipo de escenitas sexuales. Todo tiene su lugar y momento y ese no fue el mejor, reconócelo.

Claro, Catherine Lester fue la que inició tal embrollo. Primero te preguntó si traías pasta y “algo más”. De inmediato le enviaste una copa de champagne con un diminuto diamante oval al fondo. Un detalle así, doblega a cualquier beldad y ella no sería la excepción. Lo aprendiste durante la visita de Megan Fox a uno de tus supermercados de carnes frías.

El aviso de Jerry Coster de acrecentar los negocios de exportación, después de que el primer ministro y el presidente mexicano firmaran los diez acuerdos comerciales, dejó de interesarte. La chica seguía ahí, presta a negociar su estancia y los futuros encargos de la agencia de Escorts VIP, donde laboraba los fines de semana.

–Regreso, Jerry –anunciaste y el tipo bigotudo, como el pistolero Sam, no puso objeción. Sabia de lo que se trataba.

Y después la escenita de cama, aun embotado por el viagra y los ginebras. No podrías recular sino reculiar. Así funciona la vida, murmuraste, y tendrías que terminar la faena y no fallarle. Catherine anhelaba el momento sin dejar de tallarse aquellito, tan pulcro y rasurado.

–El hábito no hace al monje, eso dicen, pero mienten. Hasta el día de hoy he comprobado que mucho de lo que soy es gracias al marketing y las lociones de Paco Rabanne con fragancias de menta y mandarina roja.

Catherine te lo confirmó antes de internarse al sanitario y activar su aspirador de oro relleno de cocaína.

–Soy tu mejor regalo y tienes que sacar el garbo, matador y debo decirte que hueles muy rico –barbotó al retornar desnuda a la cama y sumergir los delgados y pálidos dedos en tu cabellera cana.

Antes de la faena, en pleno salón dorado, se lo repetiste al oído, en un tono españolado y casi mordiéndole la oreja:

–Vuestro cabrón trasero es un manjar que debe ser canonizado y adorado… Lo mismo que vuestras teticas de maja…

–Ansiosa de experimentarlo, matador… –respondió y depositó sus labios de cereza en tu frente arrugada.

El tipo de la barra, en traje de luces, seguía en lo suyo y con la botella de la Viuda Clicquot en la diestra, presto a impedir que la copa de la bella marroquí quedara en la orfandad.

Jerry decidió saludar al pianista y tocar un par de rolas animadas de los sesenta. Los negocios aguardarían mientras el bar continuara abierto y Catherine cumpliera con su encomienda.

–Uno nunca sabe lo que va a encontrar en las cloacas urbanas, mi buen Jerry –se lo advertiste antes de abandonar la habitación del hotel y pedirle en francés al taxista que los llevara al mejor putero de la isla.

–Déjame a mi sorprenderte, Gilberto –sugirió Jerry sin dejar de restirarse las puntas del bigote rojizo, insisto, a la Sam.

–Hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra…

El árabe que conducía el automóvil estaba en lo suyo: discutiendo por teléfono sin importarle nuestra presencia. El tono de sus palabras evidenciaba enojo y reclamo. Los árabes e indianos, principalmente musulmanes, tienen el monopolio de los taxis.

La temperatura te despojó de las molestas chaquetas y corbatas grises y optaste por vestir una camisa de lino blanco, botines y mezclilla. La cadena con medallón y la esclava –ambas de oro– y el reloj Cartier de platino, abonarían un poco de respeto, al igual que las gotitas milagrosas de Paco Rabanne.  Le Taureau fou no tendría que quejarse de tan distinguido personaje, parido y forjado en los arrabales de Ciudad Juárez,  en el mismísimo infierno del Anfiteatro.

Y entonces llegó la hecatombe moral.

Te redescubriste desnudo y desvalido, como un perro apaleado. Nada quedaba del guerrero paceño, del escudero fiel de El señor de los cielos. Todo por servir se acaba y tuviste que reconocerlo ante aquella estampa a la Goya con trazos picassianos  y sobre una auténtica maja de nalgas firmes y calientes, como un comal de tortillería rustica.

Por primera vez te descubriste vencido al observar tu infame radiografía de moribundo. Si ensartaste la pica entre aquellas duras redondeces caoba fue para no traicionar a tu propia naturaleza de mercenario de la muerte. Estabas acabado y lo sabías, Gilberto Parra…

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