LA FACA DE MI MADRE

Por Everardo Monroy Caracas

red_dead_redemption-1204084Como Shane, el tipo del sombrero de charro cabalgó por el sendero de Los Magueyales, sin importarle que Elmer y yo sacáramos ajolotes del arroyuelo. Iba a lo que iba: ejecutar a mi hermano Edelmiro. Serian como las tres de la tarde y el sol calaba y recalentaba el valle de La Natividad.

Elmer intentó advertirle a mi padre de lo que ocurriría, pero Lupe estaba muy lejos del arroyuelo, en medio de la parcela, muy pítimo y dormido. Escuchamos varias detonaciones, como golpes de chinampinas, y desde nuestra posición, nos fue imposible divisar la cabaña rodeada de álamos y tecorrales de piedra volcánica.

Seguíamos con los pantalones remangados a las rodillas y sumergidos en la charca cuando el pistolero retornó sobre su tordillo y tampoco tuvo la curiosidad de mirarnos. Lo vimos perderse tras la loma de Los Remedios, partida en dos por el camino real, y dejar a sus espaldas un picante olor a pólvora y mierda de caballo. Era el primer sábado de julio y los lugareños se habían concentrado en la iglesia de La Natividad para celebrar las fiestas de San Aarón, nuestro Santo Patrono.

Edelmiro vendía mariguana en La Piedad y era el responsable de cuidarnos, desde que nuestra madre murió de gangrena, al infectársele una de las uñas del pie izquierdo. Mi padre no pudo superar la pena y dejó de apalabrarnos. La charanda hizo aquel milagro y el evitar más golpizas y maltratos verbales. Lo celebramos orinándole su cara porcina, mientras roncaba junto a la piedra del amate.

Lo odiábamos por abusivo, cruel y miserable.

Elmer prefirió retenerme en la charca para continuar metiendo ajolotes en la bolsa de plástico. Los utilizábamos de cebo para atrapar carpas y truchas en la laguna de la hidroeléctrica. No quise presionar para que acudiéramos a la casa, por ser aun de día.

–¿Le vas a contar a Lupe? –cuestioné sin dar muestras de debilidad.

–Ya veremos…  –respondió con dureza–. Anda, saca más ajolotes porque en la noche, después de la quema, nos vamos al campamento central de la hidroeléctrica…

Nuestro padre, antes de perder la cordura y su muína, utilizaba pequeños cartuchos de dinamita para matar los peces. Edelmiro y mi madre se oponían. Hacerlo de esa manera era sacrificar a los más pequeños e incluso a las colonias de huevos. Pescar con sedal era lo mejor y para atrapar langostinos y camarones, utilizábamos trampas de alambrón y cuerda elástica.

Si Edelmiro se metió en el negocio de la mota fue por allegarse de una buena mujer para cuidarnos. La viuda de don Aníbal Campeche estaba dispuesta a vivir en el rancho, pero le exigió una boda con muchos invitados y abrir un restaurante de mariscos en el campamento principal de la hidroeléctrica, donde radicaban las cuadrillas de trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad.

Por eso nos fue difícil creer que uno de los seis hijos de la viuda estuviera involucrado en la ejecución de mi hermano. Acacia nos juró y rejuró que nada tuvo que ver en el asunto y después nos enteraríamos que Edelmiro cometió el error de haber participado en el asesinato de su marido.

Uno crece y se entera de algunas cosas, pero la gente de La Natividad es muy bruta y tiene el corazón picado de alacrán. Elmer siempre fue paciente y de ahí la recomendación de no abandonar la charca y aguardar el anochecer para regresar a la choza e incinerar a nuestro hermano.

Tiempo sobra por estos lares y eso lo aprendí cuando la luna se ocultó tras unos manchones oscuros y observé los rojizos ojos de Elmer, avivados por la yesca del patio. En silencio limpiaba la Ak-47, otrora propiedad de Edelmiro, y yo tallaba un trozo de pochote con la faca de mi madre.

Difícil olvidar el rostro hierático y aprietado del asesino de mí hermano.

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