HAGAMOS FUEGO CON TUS LÁGRIMAS

Por Everardo Monroy Caracas

557ca96d7b9c2_girl-690327_640¡Ja..!

Esa sería la interjección, sin llegar a la burla.

La comunidad hispana en Tadoussac apenas se hace presente, pero tu inquietante compañera te recuerda una antigua consiga estudiantil:

“¡No somos uno, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien!”

Y le doy la razón.

Los veintitrés asistentes a la presentación del libro son parte de esta comunidad mestiza, olvidada por la historia. Ni siquiera las belugas los han visibilizado.

Todo nuestro entorno es muy verde y azul plomizo y el aire hiede a miasmas, por los dos contenedores de basura con desechos en descomposición. Nadie protesta.

Aun así, valió la pena el navegar esos quinientos kilómetros de rio y confirmar que las belugas se negaron a recibirnos. Los otros acompañantes del yate tuvieron que filmar árboles, desechos inorgánicos y algunos solitarios pescadores con sedal, metidos en sus cayucos.

Sandra seria la estrella principal del espectáculo y no solo por su despampanante trasero o sus tetas de nodriza. Ella representaba a la mujer inmigrante que ha sobrevivido al maltrato doméstico y la violencia sexual. Lola Méndez, responsable de organizar el evento, así me lo externó por teléfono:

–En Tadoussac y Saguenay vivimos mujeres hispanas abusadas y aun así, seguimos enteras y dando la batalla… somos más apañadas que un jarrillo lata, mandao

Es martes, el primer martes de julio, y sigo entero. Los dos litros de cerveza clara que bebí durante las seis horas de trayecto únicamente domeñaron mi sed, pero no la tristeza. Por el contrario, Sandra fue doblegada por el whisky canadiense y durmió semidesnuda en la cubierta del yate. No le importó exhibir los senos con sus enormes pezones color tabaco o el pubis rasurado y brillante por el aceite bloqueador solar.

Nuestra anfitriona, Lola, es un bello cachalote de nariz respingada y trabaja de mesera en un bar de Saguenay, cerca del lago Saint-Jean. Sandra la conoció en un centro nocturno de Montreal, después de discutir con un cliente por negarse a pagar la nota de consumo.

–No te preocupes, mi amigo te resuelve el problema… –le prometió Sandra y el anciano que la acompañaba avaló sus palabras.

Desde entonces se frecuentaron y en diciembre del año anterior, Lola Méndez dejó la isla y terminó en Saguenay con su pareja de sangre inuit.

Sandra es originaria de Durango y Lola proviene de Barcelona y aun cecea al hablar el castellano. Tiene doce años en Quebec y el francés sigue infranqueable, porque prefiere la lengua anglosajona. Su hombre es albañil y agricultor. En esta ocasión no quiso acompañarla a Tadoussac por cuestiones de trabajo. Mientras los fríos invernales reposen, la industria de la construcción hace de las suyas. El dinero fluye y Ubus Bergeronne es un obrero más que aprovecha la temporada.

–Olvídate del libro –me dijo Sandra tras convencerme del viaje a Tadoussac–. Se trata de que rescates esa comunidad indígena y demuestres cómo los europeos intentan borrar el verdadero origen de los canadienses modernos…

 No estaba equivocada y me sorprendían sus conclusiones. Debo confesar que jamás le descubrí cualidades de patriota quebequense o indigenista y por primera vez me sentí avergonzado por minimizar su capacidad cognoscitiva. Sandra es prostituta, pero no pendeja y tendría que reconocerlo. Gracias a ella, ahora yo garabateaba algunos libros de mi autoría y recibía congratulaciones, no dinero.

Desde el asfixiante y mal iluminado salón del centro comunitario logré divisar el atracadero con la caseta de boletaje y la bandera canadiense ondeando. No había turistas y los pequeños yates se mecían bajo los impulsos cadenciosos de las aguas pluviales del San Lorenzo. Las belugas o ballenas blancas seguían ausentes y a Lola le indignaba que las alimentaran con basura industrial adictiva para evitar su emigración y se apague el negocio turístico.

Después de hablar brevemente sobre el origen de Tadoussac y sus descubridores franceses de 1535 a 1606 –Jacques Cartier, Pierre de Chauvin, François Gravé du Pont y Samuel de Champlain–, opté por recordar que aún faltaba por escribir una gran biografía del jefe inuit o montagnais, Begourat, al que Champlain, en su libro Des Sauvages, lo presentaba como un aborigen caníbal al pretender comerse a uno de sus enemigos iroqueses. Lo cierto era que, gracias a Begourat, los franceses lograron sobrevivir durante las bajas temperaturas invernales o a los ataques de las tribus hostiles. También uno de los hijos de Begourat viajó a Francia bajo los cuidados del capitán François Gravé du Pont.

Lo interesante del asunto era que para los habitantes de Tadoussac, tampoco era de su interés la presencia histórica de otro importante jefe montagnais, Anadabijou. Toda alusión sobre su liderazgo pasaba a segundo término, gracias a las belugas y los restaurantes de comida rápida.

“¡Que se jodan!”, repetí mentalmente la expresión de Sandra cuando se encabronaba.

–¡Santé! –dije y levanté por tercera ocasión mi tarro de cerveza.

Y continué con mi perorata…

 

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