LA HUELGA DE LOS HUACHINANGOS

Por Everardo Monroy Caracas

RED-SNAPPER-KAJA--780x439No es un asunto sobre prácticas de vuelo o para conducir tráileres con alta tecnología. No, amigo Llorente. Se trata del eterno comportamiento de un aprendiz de gambusino que tiene la creencia que el capitán Chamberlain enterró en el parque Los Laureles el suficiente oro, en monedas y barras, para adquirir tierras de pastoreo y construir una fortaleza en la bahía de Saint Pierre.

Inner Léouzon lo dijo bajo el parasol de Los Acantilados, cerca del arrecife dorado, donde los ocho pescadores aguardaban el arribo del yate tiburonero. Llorente lo escuchaba con atención, mientras descamaba los enormes huachinangos rosados, recién adquiridos en la feria semanal de mariscos y carnes rojas, principalmente de cerdo.

Tiene que conocerlo, camarada Llorente. Es algo chaparrito y cabezón y jamás se despega del hacha y una tosca mochila de lona.  Ahí esconde el rastreador de oro, adquirido en Quebec, después de su encuentro con el viejo alemán de la empacadora de sardina. Este pendejo es quien le metió la idea del tesoro y la huida del conquistador inglés. La patraña le cambió la historia a mi hermana que perdió su casa y el cayuco para comprar el puto aparatito de carga solar.

Usted deje que haga lo suyo, sugirió Llorente, aburrido de tanta alharaca insustancial. Dígale a la Connie que lo mande a la mierda y si gusta trabajar en mi hostal será bienvenida. Hay suficiente clientela para tenerla contenta con sus dos chamacos.

La parrilla ya estaba en su punto y en breve recibiría la tercera camada de huachinangos, abiertos y embadurnados de una salsa tártara y aceite de oliva. Los pescadores, descalzos y armados con ballestas y escopetas de postas, no disimulaban su impaciencia porque la cacería de lobos marinos tendría que realizarse antes del amanecer. La isla de La Cangrejera colindaba con la bahía de Saint Pierre y las belugas saldrían en su defensa, de percibir la presencia de sus verdugos.

La comuna de Los Acantilados era un filón de oro pulverizado, recalentado y lamido por las frías corrientes del rio San Lorenzo. Las cuarenta casuchas de palma y tabicón brillaban ante la lumbrera de una luna plena, casi solar. Las fogatas encendidas en los comederos comunales, evidenciaban fandango y una presencia humana con narguiles repletos de hachís.

Y tiene que confirmarlo con sus propios ojos, Llorente. El muy hijo e puta destruye los milenarios arces y fresnos, sin importarle que le pertenecen a la comunidad. Nadie se atreve a marcarle un alto. ¿Usted que dice, camarada?

El puto parque es un enorme basurero y el hotel de paso de los turistas con nuestras mujeres. Ahí desvirgué a la Clemencia y en el mismo lugar me engañó con mi mejor amigo, camarada Léouzon. Así que ya se imaginará el amor que le tengo a ese parque de mierda.

Lo entiendo, camarada, pero es mi obligación ponerlo al tanto. La noche está por concluir y estoy seguro que en cualquier momento desciende la avioneta de Montreal y el yate tiburonero parte hacia la isla de La Cangrejera. Hay demasiado ajetreo como para atragantarnos de pescado asado en este día de sacrificios y vendimias. Dios me lo bendiga, Camarada.

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