LA LOCURA DEL SILENCIO

imagesPor Everardo Monroy Caracas

La presencia del salvadoreño le quitó el sueño y  la obligó a aislarse de los vecinos. Estaba segura que aquel hombre la tenía enclaustrada y le pegaba. Dolores Arniagen, de República Dominicana, tuvo que ser rescatada y hospitalizada por la policía de la ciudad. De no intervenir, hubiese muerto de una lesión en la cabeza, infección intestinal y anemia aguda. Su supuesto verdugo era inexistente.
Eso ocurrió el 15 de mayo de 2005.
Dolores radicaba en la Royal York Road, cerca de Dixon, y llevaba tres meses en Toronto. Gracias a los vecinos que alertaron a la policía, la mujer sobrevivió y fue atendida hasta el 2012 en una clínica de salud mental.
Sin embargo, el caso de Dolores es la punta del iceberg de una realidad que afecta a siete de cada diez hispanos, a decir del psicólogo Emilio Nava, y que difícilmente se dan cuenta de esa situación por estar inmersos en la dinámica del trabajo y la sobrevivencia.
“La depresión y neurosis son males latentes que llegan incluso a desarrollar otras terribles patologías, como la esquizofrenia”, dice el especialista.
Y agrega:
“En la mayoría de los casos, miembros de la comunidad hispana arrastran secuelas de algún tipo de abuso o violencia, producto de la guerra, padres agresivos o pobreza extrema, y jamás se atienden. Con el tiempo esos traumas tuercen su vida y enferman. Desgraciadamente también afectan a terceras personas”.
A pesar de existir infinidad de páginas de Internet donde se da orientación sobre los efectos negativos de algunas enfermedades mentales y como tratarlas o evitarlas, la mayoría de hispanos son indiferentes a esa información. Así lo reconoce el propio Colegio de Psicólogos de Ottawa.
Los inmigrantes del sexo masculino, desde que hacen su arribo a este país, empiezan a enfrentar nuevas reglas de convivencia familiar que alteran su mente y lo deprimen. Por ejemplo, como precisa el psicólogo Emilio Nava, la pérdida de autoridad ante la esposa e hijos lo llevan al aislamiento y ansiedad y otro tanto lo abonan su desconocimiento del inglés, en el caso de Toronto, y lo prolongado del invierno.
El compartir tres o cuatro inmigrantes hispanos una casa o departamento, también mina sus sentimientos de fraternidad y apoyo mutuo. Este comportamiento negativo llega agudizarse cuando la persona es de reciente ingreso en Canadá y no pertenece al mismo país o cultura de sus otros compañeros.
El psicólogo David de Luna R, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México y quien promueve en Toronto una novedosa técnica para atender algunas enfermedades del cerebro, comenta al respecto:
“El refrigerador y el baño tienen una desmesurada preeminencia dentro de la vivienda compartida. Es parte fundamental en la sobrevivencia de los inquilinos migrantes. En el primero caso, los espacios se comparten previamente y nadie puede tocar los alimentos del otro o invadir su área de enfriado. El mismo criterio es aplicado en el mobiliario donde se coloca la despensa.
“Entre los migrantes se va desarrollando un sentimiento de egoísmo enfermizo. Incluso, algunos marcan los alimentos para cerciorarse que siguen con la misma proporción al retornar a su casa. O delante de sus compañeros ensalivan sus refrescos de dos litros para evitar que otros compañeros los consuman”.
El trastocar toda esa forma tan singular de convivencia, existe el riesgo de desencadenar violencia o generar angustia o depresión.
La policía constable de la división 31, Carmen Carrera, en breve entrevista telefónica, reveló dos casos denunciados por varios vecinos y consignados por la autoridad torontense:
Braulio Chicares, en una vivienda de la King, le clavó un cuchillo en la mano derecha a su paisano —ambos provenientes de Nicaragua— por beberse, sin su consentimiento, una lata de Coca cola.
Otro inmigrante argentino, de la Sheppard, estuvo a punto de estrangular a su compañero de departamento al descubrir que le había robado una pieza de pollo y dos rebanadas de pan integral.
Sin embargo, la mayoría de estos hechos pocas veces son denunciados a la policía por tratarse de hispanos sin estatus legal en Canadá. Aún así, precisa la funcionaria, en menos de un año se han consignado 35 casos de intento de suicidio, aislamiento voluntario por varios días en una habitación y monólogos interminables con personas inexistentes e irritabilidad constante, casi al borde de la locura. Algunas enfermos son deportados o internados en clínicas de salud mental.
Una mujer de República Dominicana, Dolores Arniagen, pasó dos semanas en su cuarto, sin tener contacto con el exterior. Los vecinos alertaron a la autoridad y tuvieron que intervenir los bomberos para forzar la entrada. La encontraron desnuda, cubierta de heces fecales, comiendo alimentos descompuestos y alucinando. La internaron en el hospital de Saint Joseph por las lesiones presentadas en la cabeza y una anemia aguda. En su declaración de ingreso, argumentó que había sido secuestrada y maltratada por un salvadoreño.
Declaró:
“Tengo aquí (en Toronto) dos meses y como estaba ilegal con engaños entré a trabajar con un hombre que es de El Salvador. Me tuvo encerrada en su casa, abusó sexualmente de mí y apenas me daba un poco de comida. Siempre me golpeaba hasta que perdía el conocimiento”.
Ninguno de los vecinos confirmó su dicho, menos el casero. Todos coincidieron que Dolores había perdido la razón. Uno de los psicólogos del Ministerio de Salud que la asistió, reveló que la mujer tenía rasgos de esquizofrenia y necesitaba tratamiento urgente.
“Son muy comunes estas enfermedades mentales en Canadá, sobre todo tratándose de inmigrantes. Vienen de países en guerra o el poder del hombre es único dentro del núcleo familiar. Aquí pierden ese poder y se deprimen al ver que su cónyuge se independiza y ya no está obligada a darle de comer o limpiar la casa. Los hijos al crecer simplemente se independizan y no tienen porque darle alguna explicación”, abunda el psicólogo hispano, Emilio Nava.
Y añade:
“También el clima y el idioma son factores determinantes. Los largos inviernos evitan luminosidad en el cerebro y eso provoca alteraciones en las neuronas que llevan a la depresión. Otro tanto abona el hecho de no tener mayor comunicación con la sociedad por el desconocimientos del idioma oficial de este país. Esto los lleva al aislamiento y a la carencia de autoestima”.
La mujer en Canadá, por el contrario, tiene mejores posibilidades de superar su estrés o depresión. Las leyes le permiten allegarse de diferentes apoyos materiales, económicos y profesionales para superar su estatus legal y sentirse útil.
“La mujer, normalmente abusada y explotada en su país de origen, toma el control de su vida y sabe que jamás volverá a ser víctima de un mal trato de su compañero sentimental”, dice el psicólogo David de Luna R.
La mujer que enfrenta el abuso doméstico en Canadá tiene acceso inmediato a albergues, apoyo médico, dinero y protección legal gratuita. En contadas ocasiones, ese poder se convierte en una especie de espada de Damocles para sus adversarios. Con sólo llamar a la policía y denunciar algún tipo de maltrato o amenaza, su pareja termina en la cárcel o debe pagar una fianza y no acercarse a menos de doscientos metros de la denunciante.
El juez es quien determina el perímetro territorial de la víctima para que su verdugo jamás lo transgreda.
David de Luna R, asegura que esa misma situación se aplica con los niños. Las leyes locales castigan duramente a aquellos padres golpeadores o desobligados.
“Los niños saben que con marcar tres números telefónicos —911— unos ángeles azules descienden del cielo, destrozan las puertas y encarcelan a sus malvados padres. En el momento que llegan a la mayoría de edad, sin inmutarse, agarran su ropa y un poco de dinero y se independizan”, dice.
Y precisa:
“Los hijos no tienen la obligación de mantener a sus padres. El gobierno y la sociedad civil se encarga de ellos, vía welfare, pensión o casas de asilo”.
“Las leyes aquí están muy bien aceitaditas para que nadie trastoque el orden social”, dice el psicólogo Emilio Nava.
Un inmigrante nicaragüense, Antonio, reveló que su esposa lo había demandado y por decisión de un juez estaba obligado a entregarle a ella el cincuenta por ciento de su salario. El automóvil lo tuvieron que vender y repartirse el dinero.
“Todo iba bien entre nosotros, hasta que sus amigas le metieron malas ideas y desde hace cuatro meses todos los fines de semana sale a bailar, a divertirse y descuida a nuestros dos hijos. Cuando la enfrenté me llevó a la corte y el juez se puso de su lado. Ahora le doy la mitad de todo lo que gano y casi nunca se encuentra en la casa. Ya me comentaron que tiene un amante”, dijo.
Ejemplos como estos, a decir del psicólogo Emilio Nava, son los que enferman a algunos inmigrantes hispanos y los sumen en una depresión aguda, que en momentos llega a los límites de la paranoia o esquizofrenia.

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