MITAD OSCURA

Por Luis Spota*

lgdespComo siempre que el doctor Monter aparecía a deshoras, con su viejo maletín de cuero negro y su clara sonrisa, preguntando “¿Qué tal va esa salud, don Belén?’ , al tiempo que procedía a organizar sus instrumentos sobre el menos atestado de los dos burós, el abuelo Tebaqui empezó a regañar a su esposa Fala, por haber hecho venir, segunda vez en el día, a quien cuidaba de la salud de la familia desde que los Tebaqui (Belén, Rafaela y Aarón, todavía de brazos) dejaron su finca de Las Huertas, en la provincia de La Paz, para instalarse en la capital del país, precisamente en ese barrio y en esa misma enorme casa, muy-fin-de-siglo, que junto con las ocho idénticas que ocupaban la manzana le había comprado Tebaqui al padre de su mujer antes de que a éste lo postrara el fulminante derrame cerebral que terminaría por matarlo seis semanas más tarde.

—Ese hombre, Lara, te dejó enfermo.

—Puah.

—Te vi muy pálido, ahogándote, mientras subías la escalera.

—Puah. Pudiste haberme preguntado si yo quería que viniera el doctor.

—No te hará mal que te vuelva a tomar la presión.

—Puah. . . —El abuelo Tebaqui miró entonces a Tico, que se había quedado junto a la puerta, tímido, encogido, temeroso como siempre que debía comparecer ante ese hombre, duro y agrio, a quien había aprendido a odiar y cuya muerte deseaba en secreto desde hacía mucho. Sintió sobre sí, sobre su pálido rostro sin afeitar, sobre sus desteñidos pantalones azules, sobre su pelo largo y en desorden, sobre sus pies sin calcetines y sus maltrechos zapatos tennis, los ojos inquisitivos de Belén Teba­qui, que rápidamente los apartó como si no quisiera dejarlos un segundo más en ese nieto al que él también, aunque por motivos distintos, aborrecía.

—Será mejor que se calme un poco, don Belén. . . Recuerde usted su corazón. . .

—No me venga con jodederas, doctor. No usted, ¡carajo!. . .

Rápidamente intervino Rafaela Vidal Tebaqui, con el tono reprobatorio que le daba a sus palabras siempre que don Belén usaba en casa ese tosco lenguaje, que podría ser apropiado, y quizá necesario, para tratar a la gente de la Central de Abastos Buenavista, pero no para responderle al doctor Monter, que se limitaba a sonreír.

—Belén, ¡esa lengua tuya! Estás hablando tú también como cargador. . .

—Puah.

A los setenta y dos años, “muy vividos, sí señor”, Belén Te­baqui era un hombre fuerte, resistente al desgaste y la fatiga, a pesar de que por su estatura mediana y lo escaso, ahora, de sus carnes, pues debía someterse a la diaria tiranía de la dieta de Houston, podía considerársele débil, enfermizo, vulnerable.

—Ahora, tranquilo, don Belén.

Tebaqui dejó en reposo su brazo para no interferir, con agita­ción y movimientos, en el trabajo de Monter, al que conocía des­de que era estudiante y se procuraba algunos ingresos aplicando inyecciones a domicilio, y con el que sentía haber quedado en deuda desde el momento en que (también entonces como ahora llamado por Rafaela) apreció la extrema gravedad del ataque y dispuso lo necesario para volar con el enfermo esa misma noche a Houston y así lograr que le salvaran la vida con la ayuda de un marcapaso que le implantaron en el Hospital Metodista, uno de cuyos puntuales cardiólogos, el doctor Church, lo visitaba cada tres meses para comprobar el correcto funcionamiento del apa­rato y certificar, a satisfacción suya y de Martín Monter, el esta­do general del paciente.

La mirada de Belén Tebaqui recayó otra vez sin proponérselo en el hijo de Aarón. También sin proponérselo, estableció com­paraciones. El bastardo Tebaqui en nada se parecía a quien había sido su padre. Quizás un poco en lo físico, y nada más. Tico Tebaqui volvió a sentirse incómodo. Desde niño, desde que lo arrancaron del caserío de Las Huertas para llevarlo a esa resi­dencia que apestaba a viejo como todo lo que en ella había, incluidos el abuelo Belén y la abuela Fala, lo perturbaba que lo miraran de ese modo, largamente, como penetrándolo, como queriendo saber cuáles eran sus pensamientos, cuáles sus senti­mientos. Entonces, replegándose, presentaba un rostro inexpresivo, una mirada vacía, lo que mucho más tarde Larry Vigo definiría como “un quedar en blanco, volverte de pronto invi­sible, para proteger la mitad oscura de ti mismo; esa oscura mi­tad en la que sólo tienen derecho de entrar los que tú autorices”.

Los ojos del abuelo se apartaron de Alberto (llamarlo Tico, como la abuela, como Benigno Acosta, como la criada Julia, los choferes o los jardineros, le desagradaba) y se detuvieron nueva­mente en la pantalla encendida del televisor en la que habían es­tado hasta un segundo o dos antes de que el doctor Monter, seguido por el hábito carmelita de Rafaela y, ambos, por la pre­sencia silenciosa del muchacho, irrumpieran en su recámara de enfermo protegido por cuanto medicamento o equipo mecánico se consideró necesario acumular allí desde que retornó del extranjero, “en los puros huesos”, como él decía, pero vivo, en­tero y, al cabo de meses de postración e inactividad, ansioso de volver a lo suyo, a la diaria pelea nocturna en la Central Buena­vista —el gigantesco proveedor no sólo del estómago de la ciudad sino ya prácticamente de todo el país.

—¿Cómo anda este carcamal, doctor?

Monter retiró de sus oídos el estetoscopio y procedió a librar el brazo de Tebaqui de la cinta gris verdosa que apretadamente se lo había ceñido una pulgada arriba del codo.

—Bien, bien. . . La baja quizá un poquito por encima de lo conveniente. . .

—Belén ha estado muy nervioso estos últimos días. . . —apuntó la abuela, como si el médico, que lo examinaba diariamente, lo ignorara.

—Eso ya lo sabe. . . —gruñó Tebaqui, sacudiéndose a causa de un calosfrío.

—Acelerarse, don Belén, es todo menos recomendable. . . Una vez más le diré que ya es tiempo de que se olvide de las preocupaciones que usted mismo se busca. . . Llévese a doña Fala al viaje a Tierra Santa que le tiene prometido, ¿desde hace cuántos años? . . .

—Por ahora está difícil. . . Vea cómo andan las cosas, aquí y en el interior. Imposible despegarme del mostrador, hasta que todo vuelva a su lugar. Usted entiende. . .

—¿Cuándo entonces, Belén? —preguntó ella, enlazadas sus manos sobre el pecho del hábito que usaba desde joven—. ¿Cuando no podamos ni movernos de lo viejos, de lo enfermos?. . . Se nos está acabando la vida, Belén, y nos va a faltar tiempo para. . .

—Tú, a callar. . . De ir a Tierra Santa, olvídate por un rato. . . Saliendo de este embrollo, lo pensaremos. . . —Encaró a Monter, que había guardado ya el estetoscopio y el baumanómetro—. En cuanto a usted, doctorcito, deje de andar alborotando a esta mujer. . . No más ideas raras. No más folle­tos de turismo para calentarle la cabeza. Iremos a Jerusalem, se lo prometí, cuando se pueda. No antes. . . Y ustedes dos, paren de chuparme la sangre con sus sermones. . .

Se tendió un poco, para descansar. Sentía el latir violento de sus sienes y una leve dificultad al respirar, como si el aire que le entraba por boca y nariz no fuera suficiente para llenar sus pul­mones. “El hijo de puta de Heleno Lara, ese ingrato al que tan­tas veces le he quitado el hambre, me purgó verdaderamente, y me dejó así, como estoy sintiéndome, con la boca amarga, y és­tos, la vieja y Monter, quieren que abandone mis asuntos, ahora que debo estar en la pelea, y me vaya de paseo. Puah.” Con los ojos cerrados empezaba a notar que su pulso se hacía más lento, más parejo. “Largarme, así sea porque lo necesita mi cuerpo, es sacarle el bulto a los problemas, cosa que jamás he hecho y que no voy a empezar a hacer ya de viejo. . .” En los momentos que su poder, indiscutido durante más de tres décadas, peligraba en la Central de Buenavista (en ese universo que él había creado a partir de casi nada, “porque eso era la Central de Abastos: casi nada, un nido de ratas, un muladar sin madre y sin orden, en el que todos mandaban y ninguno obedecía, hasta que aparecí yo y el señor Onofre Roca se avino a dejarme hacer las cosas a mi modo para demostrarle a tanto cabrón como andaba suelto por ahí  que lo primero es el orden  y después el-principio-de-autoridad, principio que sólo establece uno echando los cojones por delante”); en esos momentos de crisis que acababan de cul­minar con la ruda entrevista de más de una hora con Heleno La­ra, él no podía retirarse, dejar el campo libre, demostrar temor o fatiga frente a individuos como Macario Ugartechea-Urrutia y sus seguidores. “Muerto primero, cómo carajos no, antes que permitirles a esos cabrones capitalizar mis años de esfuerzo, mis desvelos de media vida; destruir lo que pacientemente he podido crear para bien de todos. . . Lo que parecen haber olvidado es que a mí nadie me quita lo mío sin correr el riesgo de que yo le dé a él antes por el culo.”

Escuchó un ruidito, ¿cristal rozando, golpeando, metal? Cen­tró con la mirada el perfil de Martín Monter.

—¿Qué coños va a hacerme ahora. . .?

A contraluz, el doctor Monter veía cómo el líquido transpa­rente que estaba extrayendo de una ampolleta color tabaco pasa­ba, a través de la aguja, al interior de la jeringa.

—Duerme usted mal, don Belén. Con un sedante le procurare siquiera por esta noche el sueño que le hace falta. . .

—¿No irá usted a picarme las nalgas otra vez, doctor, eh?

—Tendré que hacerlo, don Belén. Y no sólo dormirá bien si­no que también mejorará de su gripa —dijo Monter, a sabiendas de que lo último no era cierto.

*Fragmento de la novela.

Link para leer libro en word: Spota Luis – Mitad Oscura

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