¡SOY NORMA..!/XIV

Por Everardo Monoy Caracas

portada norma2La corta edad nos impide dilucidar a plenitud por crecer en un medio rural, ajeno a la malicia cotidiana de la metrópolis. Los lugareños de San Francisco de Limache eran en su mayoría campesinos y comerciantes y únicamente tenían puestos sus ojos en la familia, la parcela, las fiestas patronales y la política comunal. Ahí todo transcurría con sana lentitud y sin alharacas y era a través de la radio o la prensa escrita como nos conectábamos con la realidad de los gobernantes, artistas o catástrofes del país y el mundo.

En mi caso, a los 18 años, únicamente tenía mis ojos y pensamientos para Manuel Ernesto. Su delgada presencia transitaba en mi subconsciente casi la mayor parte del día y principalmente de noche y cada fin de semana aguardaba con ansiedad nuestro encuentro, bajo las sombras de la clandestinidad.

El haberle entregado mi virginidad, significaba quedar atado a él en cuerpo y alma y estaba convencida de ello. Mi propia familia pasaba a segundo término. Lo mismo que el bufete jurídico donde laboraba o los amigos de la cuadra. Tenía a Manuel Ernesto metido en la sangre y cada vez que respiraba, su presencia me acortaba el aire y deseaba con todo el corazón correr a su lado para escucharlo hablar o sentir sus ardientes labios sobre los míos. La pasión de una jovencita carecía de esclusas y era la experiencia más maravillosa al alejarme de los problemas y temores. Era la droga más adictiva por tratarse de un sentimiento de dependencia y martirio. Me era indiferente si la persona que amaba y deseaba carecía de honestidad y mentía.

El Chile de 1949 se iniciaba con una ley que favorecía políticamente a las mujeres, al obtener su derecho de sufragio en las elecciones parlamentarias y presidenciales. Desde 1934 únicamente participaba con su voto en los comicios municipales y Emma era una de las promotoras en San Francisco de Limache para que obtuviéramos los mismos derechos cívicos y políticos de los hombres. El Gringuito la apoyaba y en algunas tertulias con los vecinos, ese tema era abordado con vehemencia y grandes gritos. Los detractores del presidente Gabriel González Videla, quien había ascendido al poder en 1946 con el voto mayoritario de comunistas y demócratas, aseguraban que era un mandatario manipulado por su mujer, de origen alemán, Rosa Markmann Reijer, y había mucho de verdad. Su cercana amistad con la principal lideresa feminista, Elena Caffarena, era del conocimiento público e incluso, ambas habían encabezado un mitin de mujeres frente al Congreso Nacional de Chile.

Sin embargo, en esas fechas, mi único pensamiento estaba destinado para la persona que amaba. Los asuntos políticos y domésticos pasaban a segundo término. Cada sábado o domingo viajaba en tren a Valparaíso con el pretexto de ir a visitar a Frida. En marzo de 1947, Doña Carmen, el cocinero de la zona naval y Manuel Ernesto, lograron abandonar Playa Ancha  y asentarse en una casa propia, en el número 82 de la calle Donatello del cerro Barón, a quince minutos de la Universidad Católica de Valparaíso y el muelle del mismo nombre.

La calle Donatello sobresalía en el asentamiento urbano y desde ahí podría divisarse el mar y los atracaderos. Las casas de un nivel con techos de teja casi ahogaban las callejuelas sin pavimento y la Donatello no era la excepción, después de colindar con la avenida principal, la Alfonso Cano. Era un barrio laberintico, edificado en una cumbre y donde en el siglo XVIII construyó su fortaleza el padre de la independencia chilena, Bernardo O’Higgins. La flora escaseaba y en tiempos de lluvias las arterias semejaban riachuelos infranqueables.

Los González lograron edificar ahí su casa de una planta y respirar el viento frio y salino del puerto. Aquella histórica cumbre era una fortaleza de gente recia, procedente de los atracaderos y con espíritu revolucionario y en 1795,  la municipalidad lo bautizó como Cerro Barón, en memoria de O’Higgins, también llamado el Barón Vallenary.

Manuel Ernesto me recibía en la Estación Central del Ferrocarril y vagábamos todo el día y parte de la tarde por los muelles, el mirador de la avenida Altamirano y el parque Rubén Darío. En esos casi tres años de relación, nunca abordamos el tema del matrimonio o el intentar formar un hogar propio. Manuel Ernesto, inmerso ya en la literatura marxista, consideraba al matrimonio como una célula burguesa, ajena a los principios de libertad e igualdad de género.

–El capitalismo solo quiere que la pareja sea una asalariada y que ustedes tengan hijos y sometan al hombre sin darles oportunidad de independizarse…

Como yo poco entendía de esas cuestiones, por no leer literatura marxista, avalaba sus dichos, pero en el fondo lo único que me interesaba era estar a su lado y sentirme amada. Manuel Ernesto repetía los textos o consignas escuchadas durante sus encuentros con militantes del Partido Comunista o Partido Progresista Nacional. Desde un año antes, en 1948, los comunistas eran considerados proscritos, de acuerdo a la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, recién aprobada por el Congreso Nacional a iniciativa del presidente González Videla, y a la que también llamaban Ley Maldita.

Lo que nunca imaginamos Manuel Ernesto y yo era que a principios de 1950, en la segunda semana de enero, algo empezaba a gestarse en mi interior y trastocar mi salud. El primer anuncio lo recibí a la media noche y me vi obligada a correr al sanitario. Después de vomitar en el retrete, tuve que sentarme en el piso tras experimentar mareos y un malestar abdominal. Supuse que algún alimento me había caído mal, pero no dije nada durante la mañana, sino al retornar del trabajo. Ya en la mesa del comedor se lo comuniqué a Emma.

–No te preocupes, hija –me dijo mientras cenábamos–, si te sigues sintiendo mal, te llevo con el boticario…

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