¡SOY NORMA..!/XV

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La noticia aparentemente no alteró el estado de ánimo del muchacho. Norma Luisa tuvo la precaución de decírselo después de salir del cine Regis y sorber su helado de chocolate en una banca metálica del parque Brasil. Durante dos semanas Norma Luisa no acudió a las citas de Valparaíso y, por lo mismo, Manuel Ernesto decidió buscarla el fin de semana en San Francisco de Limache. Lo acordaron previamente, porque el licenciado Cabezas sabia de  esa relación y  autorizó recibir las llamadas telefónicas del muchacho en el bufete jurídico.

–Vete a ver al doctor y yo te doy la gamba –ofreció Manuel Ernesto sin evidenciar molestia–. Creo que aún estamos muy cabros como para cargar un cacho de este tamaño…

 La luna de febrero era plena, como una moneda de plata, y los limachenses la aprovechaban a plenitud. El clima otoñal había desnudado los eucaliptos y pinos, pero algunos árboles frutales, como los ciruelos y olmos, seguían enteros y destilando fragancias de frutas frescas.

–Tú no me quieres, eres un cara de palo –respondió cortante Norma Luisa–, pero no te preocupes, yo sola resolveré mi problema…

Por el momento, Norma Luisa seguía sin informar sobre su embarazo a sus padres adoptivos. Únicamente tuvo el valor de comentárselo a su amiga Olga Vera, quien estaba de visita en San Francisco de Limache. Esta, ya madre de dos niños, le sugirió buscar la ayuda de Emma y obligar a Manuel Ernesto a responder como hombre y futuro padre.

–Nada a la fuerza –concluyó Norma Luisa ante su amiga–, si el güevón me ama, como me lo ha dicho, que ponga su parte, pero yo voy a tener mi guagua

Irónicamente, ese sábado por la noche, el cine Regis había exhibido el largometraje Lo que el viento se llevó y Norma Luisa supuso que le aguardaba el mismo destino de  Scarlett O’Hara, personificado por la actriz inglesa Vivien Leigh.

Manuel Ernesto, a través de sus expresiones, difícilmente evidenciaba sus verdaderos sentimientos. Desarrollaba su vida en Valparaíso en absoluta libertad, sin remordimientos, y su labia y juventud le permitían allegarse de amigas y amigos afines a sus constantes farras y lucha sindical. Le tenía ley a su madre, pero no a las mujeres que le prodigaban besos y acostones furtivos. Sin embargo, Norma Luisa era distinta: tenía temple, belleza y juventud y, además, jamás lo confrontaba o cuestionaba. Sin embargo, el embarazo quebró el encanto y alteró la relación amorosa de la pareja que cumpliría cuatro años en junio de 1950.

 –Voy a hablar con mi madre y tu habla con la tuya –propuso Manuel Ernesto, serio y de pie–. Lo que vaya a suceder que suceda… Yo por el momento no tengo un trabajo de planta en el muelle, pero hablaré con mi padrastro para que me recomiende en la marina mercante, donde tiene amigos…

Norma Luisa lo acompañó hasta la estación del ferrocarril y se despidieron con un rápido beso. Ella supuso que no lo volvería a ver, porque sabía que su novio no era un hombre de responsabilidades, tollero, jugoso e inestable en el trabajo. En contadas ocasiones tuvo que pagar ella los paseos y comidas durante sus encuentros en Valparaíso.

Por el momento, la joven no tuvo deseos de regresar a su casa. Decidió meterse en una cafetería cercana a la estación, en la calle Arturo Prat, y media hora después, aun confusa, caminar por la Baquedano hacia la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes. El saberse embarazada, sin el apoyo moral y económico de su pareja, la entristecía profundamente. No pudo evitar llorar al comprobarse sola y en esa condición enfrentar su estado de gravidez ante los Shaw. Estaba consciente que no tolerarían su comportamiento, porque posiblemente los avergonzaría ante sus amigos y vecinos. En la comuna, una madre soltera no era bien vista. La sociedad limachense se regía con los valores inoculados por una iglesia católica sumamente conservadora.

Antes de internarse al templo católico, Norma Luisa exclamó en voz baja:

 “No tengo que sentirme mal, porque puedo sacar adelante a mi guagua y no depender de nadie…”.

Ya de rodillas y frente al gran crucifico, donde Jesús enfrentaba los rigores de la tortura, y la Virgen de Nuestra Señora de Lourdes, colocada en su nicho un par de metros arriba de su hijo, Norma Luisa tomó la decisión de hablar esa misma noche con Emma. Lo haría para prevenir cualquier decisión extrema, como echarla a la calle. De esa manera, con apenas dos meses de embarazo, podría rentar una casa y continuar laborando. Confiaba tener el apoyo incondicional del abogado Cabezas, porque nunca le había dado la espalda en los momentos de enfermedad o por algún asunto de familia que ameritara su ausencia en el despacho.

Después de orar en silencio y persignarse, Norma Luisa abandonó el templo y caminó con pasos rápidos hacia la casa de los Shaw. Eran las nueve de la noche y seguramente Emma la aguardaba en la cocina para obligarla a beber un vaso de leche tibia antes de meterse en la cama.

La imagen de Scarlett O’Hara jurando luchar contra la adversidad frente a su propiedad consumida por las llamas, fortaleció su ánimo y comprendió que solo una mujer fuerte y productiva podría triunfar en la vida. Sin estar consciente de su cambio interior, en esos instantes, Norma Luisa dejó de ser una jovencita débil e inmadura y entró a la palestra de las mujeres apechugadas y guerreras, como la patriota e independentista chilena, Javiera Carrera Verdugo. Nunca rendirse, sino dar la batalla…

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