CHELITA DE LA GRAMERA

Por Everardo Monroy Caracas

DSC06607 (Copiar)El malestar pasa a segundo término si la lluvia te permite cruzar la calle y saludarme sin dejar de sonreír. Eres única, deslumbrante. Lo sabes mi Chelita de la Gramera. Tu pantalón blanco, ceñido a las caderas y piernas, nada deja a la imaginación. Vaya que tienes lo tuyo y difícilmente los hombres pueden ser ajenos a tu paso.

Tras tus gafas de armazón metálico descubro una mirada alegre y una nariz de lepa españolada, y esos labios rojos y jugosos.

–Conocerte es lo mejor que pudo pasarme –le dices y abrazas, intentándole robar un poco de resuello para oxigenarte con sus fragancias de almendra y copinol.

Ella es salvadoreña, de Ciudad El Triunfo, donde durante una semana de marzo, la huella del rostro de Jesús, impregnada en sangre, es motivo de jolgorio y oraciones. La piadosa Verónica, enfundada en sus ropones negros, nunca imaginó que su accionar en la vía dolorosa de Jerusalén, trastocaría la tranquilidad de un pueblo azolado por la pobreza y violencia. Tú, mi Chelita de la Gramera, debes saber que desde 1854, los usulutandeses de Ciudad El Triunfo, esconden sus miedos en el templo parroquial del Divino Rostro, ahí, frente al parque, donde tantas veces correteaste balones después de salir del colegio.

Te veo comer pensativa, evocando el pasado y redescubriendo en plena calle, tras el grueso cristal del restaurante, al hombre que ha alterado tu tranquilidad. El mismo inquilino del medallón dorado que tampoco deja de observarte, pero que debe continuar con sus enjuagues de paisa productivo antes de enfrentarse a la realidad doméstica. En el platón blanco, irremediablemente el pollo portugués empieza a consumirse y deja de tener sentido en aquel lugar de locos, donde los parroquianos disfrutan de un partido de fútbol europeo.

Tú has escogido el restaurante en la Saint Michel y no me opuse. Lo mereces.

–Vengo de comprar un pantalón, pero voy a cambiarlo –me confías–, debe ser blanco, no negro… Es para un hijo…

Te dimensioné en traje de baño, brincoteando entre las rocas del  Salto del Brujo, allá por Sesori, donde es posible que en algún viernes de esparcimiento, un comando del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional intentó atacar a un pelotón de soldados y una hora después, las aguas de aquella cascada dejaron de ser transparentes y espumosas y se tornaron rojas, muy rojas, como el paño de la santa Verónica en Jerusalén.

Es difícil meterme en tu cabeza, porque eres madre soltera y en cinco décadas dejaste de ser salvadoreña. Tu lengua es ahora galés por necesidad y vives esclavizada al trabajo. Las deudas en esta isla de consumo te obligan a no envejecer y te convirtieron en una máquina de dinero. La laguna de la Alegría difícilmente volverá a ser tu hábitat, menos las entrañas del volcán Tecapa, donde su testa ennegrecida, colmada de azufre y humareda, amenaza borrar el manto verde turquesa de sus alrededores.

–Eres muy guapa y lo sabes –te digo y ríes.

No lo digo en plan de seducción, sino para reafirmar mis propios soliloquios. Estoy consciente que amas a otro hombre y sigues marcada por algunas relaciones amorosas fallidas. No importa, sigo intentando entender tu vena deportiva, el saberte tarde a tarde en el gimnasio, luchando contra el peso.

–¿Por qué no te pintas el pelo? –cuestionas al mirar mi barba entrecana.

No pude revelarte que Dorian Grey jamás compartió su secreto, menos su inventor. Únicamente musité un para qué y sigo en lo mío, escudriñando tu grandeza de ocelote hembra.

Tal vez nunca has escuchado el nombre de Armando Rodríguez Portilla, tu paisano, pero no importa. Fue un periodista y poeta de Usulután y a muy temprana edad se suicidó. Sin embargo, mi Chelita de la Gramera, en uno de sus tantos sonetos, le escribió a la siembra:

Bajo un sol matinal de primavera/que de áureos toques el follaje borda,/se abre la arada en la gentil pradera,/junto al torrente bramador que asorda.

Se apoya el labrador en la mancera/del tosco arado, y con la yunta gorda/va despojándose la ubérrima ladera/que en negras floraciones se desborda.

Detrás regando la simiente, a pasos,/sobre la amelga de fecundos trazos,/va el fornido gañán de anchas espaldas,/mientras cruza los ámbitos sonoros/gárrula banda de fugaces loros/como un collar de verdes esmeraldas.

Los platones se vaciaron ante tu impaciencia y llegó la hora de despedirnos. Mi vecino tuvo la generosidad de llevarte en su automóvil a tu departamento y desde la ventanilla te observé ascender veloz los escalones y desaparecer, como aquel hermoso ocelote hembra de Usulután. Dejaste tras de ti, la fragancia del bálsamo y el embrujo rosado del maquilishuat.

La tristeza volvió por sus fueros, no lo niego…

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