CHELITA DE LA GRAMERA/II

Por Everardo Monroy Caracas

labios-de-mujer-al-oleo–Coralillo o Coral o Coralina… o algo así…

–Coralia, Coralia…

–Perdón…

Claro, la disculpa en labios masculinos es prevaricación. Lo supuse al enfrentarme a un olvido imperdonable.

Chelita de la Gramera podría tolerar las equivocaciones. Desde 1965, fecha de su nacimiento, cargó sobre sus espaldas todos los pecados del mundo, menos el del arrepentimiento.

Y me lo explicó:

–Uno tiene que andar hacia adelante, siguiendo las huellas de los buenos ejemplos, de aquellos valores heredados. De no recordarlo, hay quienes lo hacen y, en mi caso, es el Nuevo Testamento o mis hijos…

Ana Coralia tiene una risa contagiosa, espontánea y fue por ella como pude conocerla. Y no miento al afirmarlo.

Los tres íbamos en el mismo autobús urbano, sobre la calle Bélanger. Y hablo de tres, porque una mujer la acompañaba. Otra treintena de pasajeros ocupaban asientos y pasillo, pero eran irrelevantes en mi atención.

–Nada quiero saber de ese monstruo… –escuché que dijo y soltó la carcajada.

Era viernes y normalmente, en Montreal, es un día de disipación o divertimento y ella lo confirmó.

–Voy a casa de mi amiga y es posible que pase esta noche con ella… pero mañana me regreso…

Usaba unas sandalias doradas que me permitieron descubrir unos pies rosados y pulcros, de uñas perfectamente delineadas y de un color bermellón brillante.  El pantalón vaquero dibujaba unas piernas poderosas y caderas anchas. Otro tanto hizo la blusa de tela bordada y alba. Pude imaginar la generosidad de su pecho y los cuidados de la piel, aun firme y delicada.

Sin embargo, la risa hablaba por ella.

–¿De dónde es usted? –lancé el dardo.

La respuesta fue mediata:

–De El Salvador… ¿Usted también es salvadoreño?

–No, mexicano…

–Le dije a mi amiga que usted era salvadoreño…

Entonces comprendí que entre aquel mar de gente pude visibilizarme ante sus ojos.

Los cazadores de historias siempre intuimos que cada presa tiene un pasado y un presente que la distingue. Coralia no era la excepción. Intuí que su paso por la isla enfrentaba los sinsabores de la soledad y el desamor. Después me enteraría que tenía hijos y nietos y militaba en una iglesia cristiana.

Montreal le permitió intentar reconstruirse emocionalmente, después de fracasar en su primer matrimonio, y en la actualidad vivía con el mas pequeño de sus hijos, fruto de una segunda relación amorosa. Tal vez pasaba por una tercera ruptura y su comunidad era un aliciente. En esos instantes, mientras el autobús avanzaba, escudriñé su físico y la transparencia de su mirada, no voy a mentir. Desconocía su pasado y la espina histórica causal de sus lágrimas e infelicidad.

Todo inmigrante latinoamericano escala el continente con sacrificios inimaginables. Nada le es fácil, porque huye de su país e intenta reconstruirse en una sociedad de sordomudos. Por fortuna, ella había dejado atrás aquel periplo y ya con la lengua de Voltaire, Diderot, Dumas y Verne, por mencionar algunos ilustres franceses, pudo insertarse en los libros contables de algún banco y distinguirse como una excelente deudora.

Por el momento, me reveló, acudía a un taller de formación laboral, porque estaba desempleada. El hospital donde laboraba le rescindió el contrato y, ni modo, tendría que reinventarse como nueva demandante de trabajo. Admiré su fortaleza, a pesar de ser una mujer de cincuenta años y tener aún bajo su protección a un hijo adolescente.

Cada historia debe trazarse de manera distinta. Lejos estaba de imaginar que en torno a Coralia pululaban personas cercanas con angustias similares o peores. Sin embargo, la salvadoreña intentaba ser fuerte, no hundirse en la desazón o culpar a terceros de sus logros y fracasos.

–Bien, señora Coralia debo abandonar el autobús –dije al comprobar la cercanía de mi domicilio.

Intercambiamos números telefónicos y ya en la banqueta, con mis cuatro bolsas de polietileno cargadas de alimentos, observé cómo el autobús retomaba su marcha y Coralia, tras la ventanilla, sonrió e hizo un movimiento de mano.

La leyenda de Chelita de la Gramera estaba por iniciarse.

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