CHELITA DE LA GRAMERA/III

Por Everardo Monroy Caracas

noeLa violencia cabalga por tu recámara alentada por el alcohol y frustración. No mides las consecuencias. Tienes sueño y desconoces que tu familia te ama y padece tus adicciones. Eres un enfermo y lo niegas.

–Nuestros hijos merecen un padre sano e inteligente –escuchas y las palabras, como pichones asustados, rehúyen a tu pestilencia etílica–. Prometiste cambiar… Lo prometiste…

Chelita de la Gramera evoca y llora.

La película muda de Hitchcock es el mejor vehículo para recuperar experiencias.

Los dos discuten, sin que tú estés consciente. Has bebido brandy con agua mineral y cocacola y el vértigo te acompaña hasta la cocina, donde intentas encontrar algunos cubos de hielo.

–Me cachimbeaste, dundo… lo volviste hacer vos…

Nuevo reclamo, nueva quejumbre… nueva advertencia. Desde tu paso por Tijuana, los demonios siempre aparecían con su rostro de lenca, como algún ancestro usulutandese.

Vodka o ron Flor de caña, pides y lo único que recibes es un nuevo vaso de brandy puro.

 Hay tanto que contar, mientras la película sigue llenando la sala y es la palabra de ella quien impone su historia e intentas olvidarla. Imposible.

–Siempre los majes pisan mi sombra y para el colmo, pajero

–No lo recuerdo, mujer… deja que me disculpe con vos…

–Me has dado plomazos, cobarde… ¡púchica!

Historias paralelas, una seguida de la otra. Desde que abandonaste Ciudad El Triunfo con tus bichos y tú siempre bolo y choyado, como tu padre o suegro. ¿Te das cuenta?

Ni siquiera en Montreal las cosas mejoraron. Chelita de la Gramera aun esconde los chindondos de la espalda y los sangrados del alma. No quiere recordar. Han pasado los años, veintisiete o veintinueve y cada hombre, como los demonios de Tijuana, utiliza la misma máscara ladina y apesta a whisky y vodka…

Ni como defenderte, mientras deambulas por el departamento en esa deplorable condición. Si no fuera por tus hijas e hijos, difícilmente superarías tus fracasos amorosos. Debes arrodillarte ante tu Pastor y demandarle bendiciones.

Es domingo de iglesia y oraciones y en la comunidad deambulan las víctimas de la incomprensión.

–Tengo el pómulo izquierdo inflamado y me duelen los antebrazos–, le comentas a tu hermana por teléfono y te escucho desde la cocina, donde los cubos de hielo aun flotan en el vaso de brandy.

–Es una maldición –insistes con tu vocecita quebrada–, mi padre era un bolo… y luego mi marido y para el colmo también este desgraciado… Es un castigo de Dios…

He camellado mucho y ella no lo entiende. Las deudas me agobian y no tengo manera de hacerla entender. De ahí que la broza me arrastre al deschongue.

Chelita de la Gramera sale de la habitación y renguea. Lo del cine pudo haber sido el pretexto de salida, pero el desenlace fue impredecible. ¿Por qué me tuvo que hablar al celular en esos momentos y no decir la verdad antes de meternos a la pizzería. Ella me torpedeó y de gorrón y baboso no me bajó?.

Un relato oxidado, pero vigente ante el amigo presente que se negó asistir al festival salvadoreño. Dos días antes, por la noche, Limantour festejaba con sus amigos en el sótano de los Muñoz y aceptó acompañarla el sábado para probar una exquisita mangoneada de fruta licuada, un atol de elote o una chicha de maíz.

–Tenés que comer una rigua y una yuca sancochada –le ofrece al poeta.

Sin embargo, declinó sin razonamientos. Ella culpó a la juerga de lo ocurrido y ya en la calle, celular en mano, le empezó a recordar sus sinsabores de vida durante su convivencia diaria con hombres borrachos –o bolos, como los llamó en el monólogo—y nada buzos.

–Yo soy bohemio y estoy alejado de la violencia –justificó el amigo, metido en lo suyo y con el libro electrónico encendido.

–Deje el alcohol, amigo, y verá que vos será más feliz…

La historia de esta mujer, tan entera y piadosa, iba narrándose en retazos, porque la lejanía era su mejor herencia y la soledad, una conquista.

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