TEPOZTLAN, UN RELAMPAGO DEL CIELO/II

Por Everardo Monroy Caracas

imagesCAUBGFXGEl tiempo es quien nos mueve en los espacios que palpamos e imaginamos. Todo depende de la velocidad para pasar de una dimensión a otra. De ahí los mundos duales y el desarrollo imparable de la tecnología. Rocío Conde y el fraile franciscano Bernardino de Sahagún eran compatibles en el conocimiento de su entorno y lo abrevaban de la misma fuente: la presencia de seres extraordinarios arraigados a la naturaleza y la vida en armonía.
De Sahagún con su polvoso sayal de lana cruda, intentaba registrar y comprender el comportamiento de aquellos hombres de maxatl , una especie de taparrabos de cuero animal para cubrir sus genitales, y los cráneos rapados, manchados de colores oscuros, amarillos o azules. Eran los primeros pobladores, de origen maorí, que poblaban al estado de Morelos. El misionero español había arribado en 1529 a la Nueva España y diez años después, ya apoltronado en el convento de Xochimilco y conocedor profundo de la lengua náhuatl y de la cultura mexica, se dio a la tarea de recorrer territorios aledaños y descifrar algunos códices escritos en papel amate por los tlacuilos de los imperios indígenas recién doblegados.
En su Historia General de las Cosas de la Nueva España, De Sahagún calificó a los primeros moradores del estado de Morelos como “muy codiciosos de dijes” por su apego de  “utilizar toda suerte de adornos” en los brazos y testa.  Las mujeres andaban semidesnudas porque desconocían el huipil o las enaguas, aportadas posteriormente por los olmecas-nahoas  y futuros tepoztecos. Y en sus brazos, piernas y tobillos se ataban plumas de varios colores. Sus cabellos estaban enmarañados y sucios y los dientes, pintados de negro, resaltaban por el maquillaje amarillo que utilizaban en el rostro.images
El fraile franciscano también describió la apariencia de los hombres otomíes, de gran altura: lucían la cabeza rapada con un mechón al frente y los mayores de cuarenta años se dejaban crecer el cabello desde la mitad del cráneo para cubrirse la cara. El cuerpo lo embadurnaban de azul, a diferencia de las mujeres, afines al amarillo.
Tepoztlán, en esos tiempos, era un trozo de selva, una preciosa esmeralda natural, rodeada de peñascos y precipicios.  Guacos, gavilanes palomeros, cotorras, codornices, cecetos de dorso rojizo y tigrillos imponían sus reglas de convivencia e impedían a los atemorizados inmigrantes incursionar con seguridad aquel territorio aun virgen e inexpugnable.
Sin embargo, antes de asentarse los olmecas-nahoas en Tepoztlán, el lugar había sido poblado temporalmente por los chichimecas, una de las siete tribus nómadas que descendieron del norte del país. Durante su paso por tierras morelenses dejaron vestigios de piedra o terracota. Por ejemplo, en la comunidad de San Juan Tlacotenco fueron encontradas vasijas y figurillas que evidencian su presencia y es posible que algunos chichimecas fueron asimilados por los nuevos pobladores, también conocidos como “los habitantes de la tierra del hule”.
imagesLos olmecas-nahoas tuvieron que utilizar su sagacidad para dominar a los bárbaros y descomunales otomíes. En algunas ocasiones, les organizaban comilonas de maíz molido, aderezado en comales de barro, y les daban a beber grandes cantidades de pulque. Cuando sus invitados terminaban doblegados por la borrachera, ejecutaban a los líderes y a sus vasallos les permitían vivir bajo la condición de ayudarlos a trabajar la tierra y pagar un tributo para agradar a sus dioses.
Los olmecas-nahoas rápidamente se expandieron por toda la mesa central y de paso, también sometieron a los chichimecas, llamados con desprecio por su apego a la violencia y crueldad, los “perros amamantadores de sangre”. Estos vivían en cuevas, desconocían la estructura del clan familiar y se dedicaban a la caza y pesca.
Pero ¿quiénes eran en realidad los olmecas-nahoas, ancestros de los tlahuicas o tepoztecos?  ¿Por qué llegaron a ser llamados por los propios pueblos sometidos como “los moradores de los ojos incandescentes”?  ¿Por qué su interés en no solo imponerse como autoridad sobre las otras tribus que desconocían la presencia del maíz y otros frutos, sino relacionarse sexualmente con sus mujeres para procrear a sus futuras generaciones?
Los historiadores Juan de Dios Areas, Alfredo Chavero, Vicente Riva Palacio, José María Vigil y Julio Zarate en el primer volumen de su portentosa obra México a Través de los Siglos apuntaron que la raza nahoa procedía de la Atlántida y que arribaron a suelo americano tres mil años antes de nuestra era. Su existencia, anotaron, “está comprobada por la ciencia”.
La Atlántida fue una civilización ubicada en el océano Pacifico, entre  los continentes americano y asiático, cerca de Australia. Algunos arqueólogos, como James Curchward anotaron que los atlantes descendían de los lemurianos, habitantes de Mu, tierra de promisión, igualmente devastada.  Algunos de ellos, tras sufrir un cataclismo su planeta, lograron escapar y refugiarse en la tierra. Según Curchward, los nuevos inmigrantes conocían los secretos de la aerodinámica, astrología, medicina nuclear y la telepatía.

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FUSILADOS (Capitulo 28 y final)

Por Everardo Monroy Caracas

Orando el mal es mortal, mata y nadie puede impedirlo.
Alejandro Dumas

imagesEfraín Ríos Montt no perdió detalle del fusilamiento. Pocas veces se separaba de su Biblia forrada con gamuza negra, regalo de Jesse Camey, encargado de organizar a grupos paramilitares dentro del Programa de Ayuda a Áreas en Conflicto. Su Ministro de la Defensa, Mejía Víctores, tuvo la precaución de mandar elaborar un cronograma de la ejecución y ordenó que se filmara cada detalle.
Los detenidos continuaban en el calabozo del Segundo Cuerpo de la Policía Nacional, en un tramo de la Cuarta calle.
Lío, los hermanos Marroquín, Marco Antonio González, Subuyuj Cuec y Raxón Tepet aguardaban el ingreso del pelotón de fusileros que los conducirían al Cementerio Nacional, en la Diez y nueve calle y Primera avenida. Lío llevaba dos días sin probar alimento. Envió una nota a su familia, a través de su hermana Miriam, para que cortaran los suministros y tuvo la precaución de despedirse de ellos, por medio de un trozo de papel.
En el que sería su último recado, anotó:
“Miriam Morales:
“No manden pan ni hoy ni mañana. Gracias. Dios los bendiga. Saludos a todos”.
El miércoles 2 de marzo, la familia y el abogado intentaron detener el fusilamiento a través del único recurso de Gracia o Clemencia previsto por la ley. Ríos Montt, de quererlo, podría salvarle la vida a los detenidos. El recurso de Amparo había fallado en contra del veredicto emitido por el Tribunal del Fuero Especial y el fusilamiento tendría lugar el jueves 3 de marzo de 1983, a las cinco de la mañana.
“Tienes que ir al Palacio Nacional y entregarle esta solicitud al presidente o al señor obispo”, sugirió el abogado Cifuentes de León.
Carlos llegó en el auto de su novia al primer cuadro de la ciudad y encontró cerrado el enorme portón metálico del Palacio Nacional, también conocido como El Guacamolón. Presionó el timbre insistentemente y un militar armado con fusil metralleta acudió a su llamado. En tono imperativo lo cuestionó:
“¿Qué buscas?”
“Traigo un documento para el presidente Ríos Montt”.
“El presidente no está aquí en estos momentos”.
“Necesito que le entreguen este recurso de Gracia, soy hermano de uno de los detenidos que van a fusilar mañana”.
“Andate, mejor andate porque nadie te puede atender y yo nada puedo recibirte”, dijo tajante el militar.
“Por favor…”
“¡Andate!”.
Carlos tuvo que regresar al vehículo y enfilar a la sede del obispado. El nuncio apostólico Oriano Quilici preparaba el arribo del Papa Juan Pablo II a Guatemala y la familia Morales López tenía la esperanza de contar con su apoyo para sensibilizar a Ríos Montt. Un sacerdote, huesudo y de cara angulosa, lo recibió.
“Por favor, entréguele este oficio al señor obispo para que interceda por la vida de los detenidos que van a ser ejecutados mañana”, pidió Carlos.
El sacerdote lo contuvo.
“Monseñor Quilici no está en Guatemala, se encuentra en Costa Rica y llega hasta mañana o el sábado”.
“¿Puede hacerle llegar esto?”, insistió Carlos.
“No puedo, lo siento”, cortó el sacerdote antes de cerrar la verja.
Carlos regresó a su domicilio e informó a la familia de lo ocurrido. Doña Hercilia estaba en su habitación y fue obligada a tomar un calmante y tenderse en la cama. Llevaba varios días sin dormir y existía el riesgo de infartarse o perder el juicio. Muchas veces se había golpeado la cabeza en contra de la pila de cemento en donde bañó a su muchacho, como llamaba cariñosamente a Lío. En un pequeño altar de su recámara sobresalía la fotografía de Lío al lado de la Virgen de la Candelaria.
Don Carlos intentaba tranquilizar a sus hijos y no perder la cordura. Un mes antes vivió una situación similar: a última hora recibió la noticia de que había sido aplazada la ejecución al ser aceptado el recurso de Amparo interpuesto por los abogados de los sentenciados a muerte.
Al conocer la noticia, don Carlos le manifestó al periodista de Prensa Libre:
“Tenemos la esperanza de que mi hijo saldrá libre. Por fin estamos viendo que se está haciendo justicia.
Lejos de ahí, en otra humilde vivienda, la señora María Francisca González, madre de Marco Antonio, ambos hondureños, también reveló en breve entrevista:
“Nosotros somos pobres en cosas materiales pero ricos en lo espiritual. Los hombres confían en los hombres, nosotros confiamos en Dios, que es el mejor abogado que existe y no cobra ningún solo centavo, sólo exige seguir sus mandamientos al pie de su palabra, que es la Biblia.”
El reportero gráfico logró captar, el 1 de febrero de 1983, una gráfica donde la mujer, al lado de su hija, está cerca de un fogón de tabique, donde hay un perol ahumado sobre leños a medio chamuscar. En su humilde cocina le dice al reportero:
“Yo le puse mi queja a Dios, diciéndole que si era culpable que fuera juzgado conforme sus mandamientos, pero si era encontrado inocente, pero si era encontrado inocente que actuara conforme su misericordia y así lo hizo, pues sin tener abogado terrenal, mi hijo fue perdonado de muerte”, dijo de pie, con un pequeño rebozo enrollado en la cabeza.
Una tía de los hermanos Marroquín González, al conocer la noticia, expresó:
“Creímos que la Virgen de Guadalupe nos había abandonado, pero nos ha hecho el milagro: Dios se los pague… Dios…”
En Washington, Angelina Morales hizo su parte para evitar el asesinato de su hermano Lío. Logró contactar con el congresista Charles E. Schumer, quien le envió una carta al embajador de Guatemala en los Estados Unidos, Jorge Luis Zelaya Coronado. Le expresó su malestar por la decisión del gobierno de Ríos Montt de intentar fusilar sin un juicio justo a los seis detenidos. Por lo mismo, apelaba a los acuerdos de Ginebra y de la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos, signados en 1949 y mayo de 1978, para que prevaleciera el derecho internacional sobre una decisión arbitraria de un tribunal militar. El reclamo lo realizó dos días después de enterarse del veredicto de posponer la ejecución. Lo ignoraron.
El mismo 1 de febrero, a las nueve de la noche, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Sagastume Vidaurre anunció que se había aceptado el recurso de Amparo y el Ministerio de la Defensa tendría 48 horas para rendirle un informe sobre el proceso. Después, durante ocho días, los magistrados analizarían lo enviado por Mejía Víctores y 24 horas posteriores, el organismo judicial daría su veredicto único: libertad o condena.
Lío y sus compañeros detenidos estuvieron aislados en el calabozo del Segundo Cuerpo de la Policía Nacional. Ahí permanecieron durante los últimos 33 días de su vida. Por lo pronto, en el alba del 1 de febrero únicamente enfrentaron un simulacro de fusilamiento en el Cementerio Nacional.
Un año antes, el 17 de septiembre, en el Cementerio La Verbena, ubicado en la Segunda calle y Cuarta avenida, de la zona siete, veinte militares de la Guardia de Presidios fusiló a Julio César Vázquez Juárez, Julio Hernández Perdomo, Marcelino Marroquín y Jaime de la Rosa Rodríguez. Los procesaron por ser culpables de los supuestos delitos de atentar contra las autoridades y pertenecer a un grupo guerrillero de extrema izquierda. El fusilamiento se realizó a las 6:10 horas y también recibieron el tiro de gracia: un balazo en la cabeza.
Los pormenores de la ejecución estaban en la mente de los guatemaltecos. La familia de Lío, el martes 2 de marzo decidió acuartelarse en su casa y aguardar que un milagro le ablandara el corazón a Ríos Montt y amnistiara a los detenidos. Sin embargo, James DeGolyer, uno de los fundadores de la Iglesia del Verbo, respaldó la decisión del Tribunal del Fuero Especial de sacar adelante el fusilamiento.
Dijo:
“Hace un año ocurrían con frecuencia asesinatos en Guatemala, cometidos por las fuerzas de seguridad, a veces caprichosamente sin juicios, Lo que el gobierno está haciendo es restablecer el imperio de la ley. Los asesinatos han cesado. Las fuerzas de seguridad, el ejército y la policía han sido educadas para que cumplan con el proceso judicial”.
Y para que no existiera duda sobre la postura de los diez líderes religiosos de la Iglesia del Verbo, otro de sus voceros, Antonio de la Guardia, concluyó:
“Los seis detenidos merecen morir por ser responsables de violación, secuestro y actos de terrorismo”.
En nada variaba su postura, a la de Ríos Montt con relación a la existencia de los Tribunales del Fuero Especial. El 15 de enero de 1983, durante su mensaje semanal en radio y televisión, Ríos Montt confirmó:
“Los Tribunales del Fuero Especial fueron creados para obtener una pronta, cumplida y ejemplar administración de justicia. Son una necesidad social, jurídica y moral porque ya no queremos más escuadrones de la muerte, ya no queremos más “Manos”, ya no queremos más cadáveres en las calles, carreteras ni cementerios clandestinos, y tampoco tribunales que en otros países hacen caso omiso del papel”.
Carlos recordó sus palabras sobre la azotea de su casa. Decidió estar lejos de sus padres y hermanos y aguardar la hora del fusilamiento de Lío. Volvió a pedirle a Dios que le salvara la vida. Miró hacia el cielo punteado de estrellas, donde supuso estaba el hábitat divino, y exclamó con débiles palabras:
“Sálvalo Dios mío, no permitas que a mi hermano lo asesinen. Por favor, te lo ruego. Lío es inocente y su familia tiene fe en ti, espera tu benevolencia…”.
En ese enjambre dorado, donde se concentraban las ochenta y ocho constelaciones descubiertas por los astrólogos de todo el mundo, Carlos creyó percibir una señal de perdón y confió ciegamente que eso sucedería. La Estrella Polar radiaba una luz enceguecedora y supuso que al titilar dictaba una especie de clave Morse donde Dios o sus arcángeles daban la buena nueva: Lío sobreviviría a ese nuevo decreto de fusilamiento.
En esos momentos desconocía que los seis sentenciados a muerte fueron obligados a levantarse y cruzar las manos en la espalda. Sus custodios les notificaron que un capellán del ejército los asistiría espiritualmente. En dos horas saldrían de las instalaciones del Segundo Cuerpo de la Policía Nacional.
“¿Qué horas son?”, preguntó Marco Antonio González.
Uno de los guardias, contestó:
“Dos quince”.
El dato lo confirmaría un familiar del militar que dio la respuesta.
“No hay que perder la fe”, dijo Walter Vinicio.
Ninguno volvió a doblarse por el miedo. Callados escucharon el sonido metálico de las esposas y el correr de las rejas al abrirse.
Llegaron al Cementerio Nacional media docena de tanquetas militares y un camión de redilas cargado con costales de tierra y arena para armar el paredón de fusilamiento. Eran las dos y media de la mañana. Más de doscientos soldados y policías empezaron a desplegarse a lo largo de la Cuarta avenida y Segunda y Veinteava calle. Todos llevaban armas de alto poder y evitaban que periodistas, familiares y curiosos tuvieran acceso a la entrada del cementerio.
Los  trece integrantes del pelotón de fusilamiento, enviados por la Dirección General de Presidios, llegaron a bordo de un camión azul. La luz mercurial del alumbrado público permitió ver sus rostros hirsutos, tensos. Su jefe inmediato les informó que cada sentenciado recibiría la descarga de dos fusileros y el tiro de gracia. El pelotón estaba bajo el mando de un oficial del ejército, quien daría las órdenes de fusilamiento.
Muy cerca de ahí, los reos aguardaron sentados el momento de abandonar su pestilente encierro y abordar una Suburban blanca. El capellán, de lentes oscuros, alzacuello albo y sotana, intentó darles confort y una oportunidad de arrepentirse de sus pecados. Los hermanos Marroquín y Lío le dijeron que de nada tendrían que arrepentirse porque eran inocentes. Walter Vinicio tuvo fuerzas para ironizar:
“Debería preguntarle lo mismo a nuestros verdugos”.
Lío y los hermanos Marroquín acordaron no aceptar ser vendados como último acto de rebeldía. Querían que sus asesinos los observaran de frente y titubearan al jalar el percutor de sus fusiles. Las balas asignadas en el fusilamiento serían calibre 7.65 milímetros. Los doce militares eran los mejores tiradores de la Dirección General de Presidios. La Junta Militar cuidó que sus antecedentes estuvieran relacionados a una formación académica anticomunista y el haber perdido en manos de la guerrilla a algún familiar cercano. Durante un mes los acuartelaron sin ver a sus seres queridos, esposa e hijos, y les recordaban constantemente que la culpa de ese alejamiento recaía en los detenidos. Tras la ejecución retomarían su vida afectiva de antaño. Su odio sería mayor en el momento de enfrentar a sus víctimas.
“Ya es hora”, ordenó uno de los militares.
Los seis muchachos abandonaron su posición y en fila india empezaron a ascender los escalones de salida. La Suburban los aguardaba, resguardada por tres radiopatrullas, dos motoristas, dos jeeps repletos de soldados y un automóvil con agentes de seguridad. Exactamente a las 4:20 horas ingresaron al Cementerio Nacional.
Ríos Montt había rechazado la petición de clemencia solicitada por varias organizaciones de los derechos humanos. Ni la intervención de Juan Pablo II modificó sus convicciones. Seguía con la idea de que el fusilamiento sería una lección de vida para los guatemaltecos que intentaran quebrantar la ley.
En el interior del cementerio, según versión del cavatumbas, bomberos y militares construyeron el paredón y colocaron a los detenidos de espaldas al muro de costales. El amanecer estaba en vísperas y el amontonamiento de sepulcros y cruces dibujaban caprichosos manchones negros en torno a las víctimas y sus verdugos. Nadie hablaba. Estaban en un área conocida como La Isla.
El juez competente que daría fe de los hechos, hizo su arribo a las 4:50 horas. Su automóvil se internó en el cementerio. Tras él llegó una treintena de bomberos voluntarios en las unidades 23, 174 y 180 y a las 5:05 horas los alcanzó su jefe, el mayor Edgar Alegría. Con pasos marciales se acercó al oficial del pelotón de fusileros y al juez competente. Les leyó un oficio y les confirmó que Ríos Montt no había otorgado el recurso de clemencia, por lo tanto los detenidos tendrían que ser ejecutados.
Los seis sentenciados  terminaron de espaldas al paredón de costales. El cavatumbas aseguró que la persona con las características de Lío quedó en el tercer lugar de izquierda a derecha. Dos militares se encargaron de vendarlos, pero los Marroquín y Lío rechazaron el ofrecimiento.
El reloj de pulsera del mayor Alegría registró a las 5:06 el estruendo de la descarga de los fusileros. El oficial del ejército, con ayuda de una escuadra calibre .45 se encargó de rematarlos. Uno a uno recibió una bala en la cabeza. Lío aún se convulsionaba cuando sintió el cañón de la arma en la sien derecha, como confirmó un de los bomberos voluntarios.
La muerte de Lío ocurrió a las 5:10 horas.
Los cadáveres fueron arrojados a los hoyos previamente abiertos por tres sepultureros. Ningún familiar sabría con exactitud el destino final de sus deudos, tintos de sangre.
El obispo de Guatemala, Quilici, al enterarse de los decesos, envió un comunicado a los diarios locales de Guatemala. Seguía en Costa Rica, como parte de la comitiva que acompañaba a Juan Pablo II en su gira pastoral por Centroamérica.
En el boletín oficial, confirmó:
“He solicitado urgentemente audiencia al Excelentísimo Señor Presidente Efraín Ríos Montt, para pedir de modo formal y oficial en nombre del Santo Padre Juan Pablo II, la conmutación de la pena por los seis condenados a muerte y desgraciadamente he sido informado hace poco que esta mañana al alba los sentenciados han sido ejecutados”.
Don Carlos y sus hijos lograron internarse al cementerio nacional a las 6:08 horas. Un sepulturero, con carretilla, piocha y pala en mano, les informó:
“Sigan de frente, hasta el fondo y llegaran a La Isla, ahí fueron enterrados”.
Durante su caminata encontraron sacos de tierra y arena manchados de sangre. El rastro llegaba al exterior del cementerio. El señor José Antonio, padre de los hermanos Marroquín, humedeció los dedos en el líquido viscoso y dibujó dos cruces rojas en el pavimento.
Los Morales López descubrieron seis tumbas recién tapadas y ninguna señal de Lío. Don Carlos sintió un fuerte golpe en las piernas y el dolor lo dobló. Ya arrodillado, con ambas manos en el rostro, empezó a sollozar. Sus hijos trataron de consolarlo y evitar que la pesadumbre lo inmovilizara de por vida.
Don Carlos logró balbucir, como aquel 9 de septiembre de 1982:
“Me han matado a mi hijo, me lo han matado estos desalmados… Han matado a mi hijo…”.

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ESTEFANA Y FAUSTINO: HISTORIA DE UN GRAN AMOR

Por Angélica Enciso L./ La Jornada

036n1soc-1VILLA DEL CARBON, MEX.- Cuando Faustino Jacinto, de apenas 18 años, escuchó a su madre hablar de Estefana Gómez (que tenía 16 años) como una joven seria y de buenos sentimientos, su corazón se aceleró. En ese momento, sin conocerla, se enamoró. Se empeñó en hacerla su novia. Apenas unas semanas después de encontrarse se casaron. Era 1932. Ahora, después de casi 82 años, son uno de los matrimonios más longevos del mundo.

Una rareza en una época en la que en México el número de divorcios por cada cien matrimonios creció más de ciento por ciento entre 2000 y 2011, al pasar de 7.4 a 16, mientras los enlaces en el mismo periodo cayeron en 19.3 por ciento. De los divorciados, 54 por ciento tuvieron una vida en común de 10 años o más, y 27 por ciento menos de cinco años. La edad promedio en la que ahora se casan los hombres es de 29 años y las mujeres a los 26, de acuerdo con datos del Inegi.

Desde el 17 de octubre de 1932, cuando todavía eran adolescentes y contrajeron nupcias, la pareja ha sorteado múltiples problemas: pobreza, hambre, enfermedades y la muerte de cuatro hijos. Estefana, de 97 años, y Faustino, de 99, viven aún en el mismo lugar en el que padecieron todo esto y sus hijos crecieron: el ranchito Los Laureles, en el barrio Los Domínguez de este municipio.

El lugar se llama así porque árboles de laurel rodean la propiedad de la pareja, en medio de la cual está la casa rústica con tejas, con un largo corredor con macetas que Estefana, apoyada en un bastón, riega una por una. Azucenas, margaritas, lagrimitas, lágrimas de María, bugambilias, viejita. Se detiene en esta planta para mostrar la peculiaridad de sus flores amarillas: cuando se les aprieta, aparecen una especie de dientes.

Viven solos, pero en estos días sus hijos se turnan para cuidar a Faustino, quien por problemas respiratorios utiliza oxígeno. Es una mañana cálida, él viste de gris. Está sentado en un sillón en el patio. Estefana, en una silla, junto a su marido, no escucha bien. Trae un delantal sobre su vestido colorido, y usa el cabello recogido.

Juntos van hilando sus recuerdos que se enlazan desde hace ocho décadas, cuando en el país había 16.5 millones de habitantes, de los cuales 11 millones vivían en zonas rurales; aún sufrían los estragos de la crisis económica ocasionada por la gran depresión, y el único entretenimiento en esta localidad, entonces aislada, era escuchar la radio.

Se conocieron en este poblado, donde por unos días ella trabajó en una casa. Después volvió con su familia a la Cañada. Faustino caminaba dos horas para ir a verla. Yo le decía: ¿estás segura que me quieres? Sólo tengo lo que traigo puesto. Un sombrero de palma roto y la ropa sucia de carbón. En esos años trabajaba en la explotación de carbón vegetal. Estefana respondió que sí. El 15 de septiembre me la robé, dice él con una leve carcajada. Ella aún recuerda con pesar la preocupación de su padre. Un mes más tarde legalizaron su unión.

Faustino a lo largo de su vida trabajó de carbonero, machetero y chofer. En 1980 dejó el empleo que tenía en distribuidora La Paz, y se dedicó al ganado y a sembrar sus tierras. Dice que en medio de los problemas y necesidades que tenían, gozó uno de sus mayores gustos: el baile. Había filas de muchachas que querían bailar conmigo. Cuando apareció la televisión, también disfrutaba verla y para ello pagaba 20 centavos.

Ahora todo se ha transformado. Ya tiene televisión en su casa y todos traen teléfonos. Hay que acostumbrarse a los cambios. Es parte de la vida. Entre su trajinar, dedicó tiempo para ser delegado de la localidad San Jerónimo Zacapexco. El multideportivo del municipio y hasta un corrido llevan su nombre, además de que formó el equipo de futbol local El Oro en 1961.

Estefana se dedicó a cuidar a sus hijos, el mayor ahora tiene 78 años y el más chico 52, y también buscó llevar ingresos a su casa, con trabajos como lavar ropa ajena. Comíamos lo que se podía. Quelites, frijoles, tortillas.

Recuerda que los niños enfermaban porque no eran vacunados. Tuvieron sarampión y otros padecimientos inexplicables que trató de curar con remedios caseros. Rememora con tristeza la muerte de sus niños; yo decía: si Dios me los quiere dejar, bien; si no, lo que haga está bien hecho.

De sus 11 hijos vivos, todos se casaron, pero tres son divorciados. Sobre esto Faustino no quiere opinar, es cosa de ellos. Estefana dice que el matrimonio es un compromiso ante Dios. Es hasta que Dios nos quite la vida. Hay que sufrirle. Esto no es para relajo. Dice que a ella le tocó un buen marido, nunca ni un pellizco le hizo.

–¿Cómo resuelven sus diferencias?

–Nos fuimos adaptando a lo que había. Nunca pensé en separarnos. Nos casamos para estar unidos todo el tiempo que tengamos vida –responde Estefana.

Cuando ella creía que yo hacía algo mal, me corregía. Y también cuando yo veía algo que no iba, se lo decía, agrega Faustino.

La familia está formada por 204 personas: 11 hijos, 65 nietos, 110 bisnietos, 18 tataranietos; la mayoría vive en Villa del Carbón. Este año Faustino cumple su centenario y ya se prepara para una gran fiesta. Dice que él imaginó su vida con Estefana, desde el momento en que escuchó su nombre en la voz de su madre.

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LA GÁRGOLA DE NAVOLATO

Por Everardo Monroy Caracas

indexDon Marcial Lazarraga nunca imaginó que su esposa, una atractiva ex Reina de la Belleza de Chihuahua, portara en el útero un localizador satelital antisecuestros ruso. Dos años antes, ella había parido en el hospital de maternidad John F. Kennedy de San Antonio, Texas, donde un ginecobtetricia le sembró el chip. Clarisa del Carmen Fuentes era estadounidense, de padres mexicanos, pero desde los doce años radicaba en Avandaro, Sinaloa.
El agente Terry McQueen, vecino de Navolato, fue el de la idea. El mismo día que la mujer se presentó en la garita de Brownsville para internarse a territorio texano, le propuso a su jefe convertirla en una especie de carnada humana para atrapar a su marido, el narcotraficante más buscado por la DEA, el FBI y la Interpol. Sin embargo, el operativo tuvo que detenerse al recibir una contraorden del Departamento de Estado: “stop”, no tocar a “su objetivo”. “La cacería se reanudará después de la toma de posesión del nuevo presidente de México”.
Dentro del cuartel general de la DEA, únicamente tres agentes, el ginecobtetricia y un alto mando del Departamento de Estado conocían la operación, llamada Gárgola. Clarisa del Carmen estaba bajo vigilancia permanente y en algunas ocasiones, el propio Terry McQueen, de madre mexicana, en compañía de una amante nicaragüense visitaba destinos turísticos donde se hospedaba temporalmente el narcotraficante y su familia. Don Marcial Lazarraga tenía predilección por las playas poco concurridas de Sinaloa y Jalisco y cabalgar entre los sembradíos de maíz y sorgo del rancho Las Mendocinas de Bachimeto, a siete kilómetros de la cabecera municipal de Navolato, de donde era originario.
El localizador satelital portátil le permitía conocer con exactitud los lugares donde se desplazaba Clarisa del Carmen, de 26 años, y existía la seguridad, por información obtenida en declaraciones ministeriales de sicarios detenidos, que don Marcial Lazarraga poco se despegaba de ella durante sus salidas a las costas del pacifico. Si tenía que abandonarla por cuestiones de trabajo, la dejaba bajo el cuidado de su madre en la ciudad de Culiacán. Asimismo, el jefe de escoltas del gobernador Uriel Anchondo era el responsable de darle la seguridad necesaria ante las constantes amenazas de muerte de sus adversarios.  Terry McQueen pasaba como un culichi por su hablar norteño, su apego a la cerveza  y vestir sin ninguna ostentosidad. Siempre tripulaba una camioneta de redilas algo abollada y polvosa y en su taller mecánico, normalmente atendido por lugareños, la mayoría de sus clientes estaba enterado de su presunta enfermedad: cáncer de sangre. Por lo mismo, constantemente viajaba a Estados Unidos para ser atendido y enfrentar los sinsabores de la diálisis. La mentira  obtuvo su propósito.
Don Marcial estaba al tanto de “su tragedia” y le ordenó al sacerdote de la iglesia de la Virgen del Carmen, el padre Chacho, que le entregara doscientos mil dólares para su tratamiento. El capo jamás abandonaba a los vecinos de Navolato, menos a quienes generaban fuentes de empleo entre sus paisanos. En cada manzana de la ciudad tenia a un “halcón” (informante) servicial y estudiado. Todos eran drogadictos confesos y recibían cocaína gratis por informar, a través de internet,  cualquier actividad extraña dentro de su territorio. Hasta maestros de secundaria y preparatoria se apuntaban.
La caída de don Marcial, en una de las palapas de Mazatlan, pegó fuerte porque fue aprehendido al lado de su esposa e hijo, sin recibir apoyo de sus leales. El agente Terry participó en el operativo embozado y disfrazado de militar. Ricky Albín, enlace del Departamento de Estado, tras recibir la grafica donde don Marcial aparecía bocabajo, en calzoncillos y esposado, la reenvió al The Washington Post con un breve texto: “La ejecución de nuestros colegas en Jalisco nos tienen en pie de guerra. Otro de sus generales fue vencido y humillado. Marcial Lazarraga, el supuesto capo de capos, no es nada y esto lo demuestra”.
Clarisa del Carmen, mujer enamorada y orgullosa de su marido, difícilmente sabría la verdad. En su vientre portaba un “dedo” electrónico que día a día, sin estar enterada, sembraba dolor y terror entre los allegados del Cártel de don Marcial. El agente Terry optó por contratar los servicios de un cirujano plástico de Miami para cambiarse el rostro y reinsertarse nuevamente entre la sociedad sinaloense. El 14 de septiembre, un año después de ser extraditado Don Marcial a San Diego, California, el policía de la DEA presionó el timbre del departamento 401 del edificio Miraflores de la calle Hidalgo de Avandaro y al enfrentar a Clarisa del Carmen, le demandó un favor:
–Vecina, yo vivo al lado… ¿me podría regalar un poquito de azúcar?, por favor…

El agente Terry estaba enterado que Clarisa del Carmen a los 19 años de edad fue “Reina de Belleza Chihuahua” gracias a su padrino, ahora senador, ex alcalde de Ciudad Juárez y socio y compadre de su marido. Ella jamás habia radicado  en Chihuahua…

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FUSILADOS (Capitulo 27)

Por Everardo Monroy Caracas
A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota…
Madre Teresa de Calcuta

imagesEl dolor de espalda era lacerante, no le permitía respirar con libertad. Durante diez horas trabajó en la pizca de pepino y, al lado de otro jornalero mexicano, arrancó más de siete mil plantas de la fruta y las transportó en una carretilla de plástico. Únicamente descansaba los domingos porque la familia menonita, dueña de la granja, jamás faltaba a su iglesia.
En Leamington laboraban más de quince mil jornaleros, la mayoría latinos y caribeños, y la paga no era mayor a los ocho dólares la hora. En esa ciudad de 27 mil habitantes existían mil 554 empacadoras y granjas productoras de verduras y frutas. De Toronto a Leamington era necesario recorrer 320 kilómetros de carretera. La mitad de los jornaleros permanecían diez meses en la ciudad, de febrero a noviembre, de acuerdo a un contrato de trabajo suscrito entre los gobiernos de México y Canadá. Otro tanto, carecía de estatus legal y su empleo dependía de la media docena de contratistas avalados por los granjeros y propietarios de las empacadoras.
Eduardo, anotó en su bitácora de viaje parte de su experiencia en Leamington. Después reproduciría sus observaciones en Primera Plana.
Escribió:
La contratista, Daniela  Oceguedo jamás solicitó alguna identificación. Simplemente preguntó el primer nombre e informó que el salario sería de siete dólares con cincuenta centavos la hora y que exactamente a las seis de la mañana me recogería frente a mi domicilio, en la avenida Coronation y Erie.
“Si en cinco minutos no llega, me voy y pierde su oportunidad de que lo vuelva a contratar”, advirtió.
El trabajar de jornalero no sería algo fácil, más si durante casi tres décadas se ha vivido del periodismo y la máquina de escribir. Sin embargo, era necesario experimentar para entender un poco el asunto de los inmigrantes latinos y su relación con las greenhouse o empacadoras de verduras y frutas.
En esta ocasión, trabajaría en una granja de pepino. El lugar, con seis enormes naves de metal y vidrio, pertenecía a una familia de menonitas y estaba ubicado a diez minutos del centro de Leamington, en auto.
Daniela llegó puntual y aún a oscuras fui trasladado a la granja. Diez bloques adelante de mi departamento, recogió a Manuel, un campechano de carcajada estruendosa y muy recio en el trabajo.
El patriarca del clan menonita, Mister Kroguer, cuatro meses atrás sembró 21 mil matas que generarían 630 mil pepinos, no menores de medio metro cada uno. Todo por el milagro de la hidroponía.
El propósito de mi contratación era que con Manuel y tres menonitas, entre ellos una mujer, pizcaríamos y arrancaríamos siete mil plantas que ya habían cumplido con su ciclo de vida. El calor era deshidratante, no menor a los 110 grados Fahrenheit, y trabajaríamos diez horas continuas, con dos breves recesos de quince minutos cada uno y otro de treinta.
Por ignorancia, en el primer día de trabajo no llevé una camisa de manga larga y fui metido a una de las naves para cosechar los pepinos. Ahí le llaman pizcar. Peter, el capataz y menonita, me entregó una especie de navaja para los espolones de gallos de pelea. Tenía que ensartarla en el índice de la mano derecha y con ese artefacto cortar el fruto y colocarlo en cajas plásticas, color verde.
“Deben caber 21 pepinos por caja y tienen que tener el grosor de lo que apriete los dedos índice y pulgar”, me dijo y enseñó.
Exactamente a las 6:30 horas empecé la jornada, al lado de los menonitas y Manuel. Me interné a uno de los carriles con largas matas de pepino por ambos lados, de enormes hojas triangulares. En un carrito con neumáticos y cuatro cajas encimadas empecé a colocar el producto.
Mister Kroguer, al dejar sobre una tarima mi primer caja con 21 pepinos, se acercó y dijo que estaban demasiado delgados y que su comprador los desecharía. Tuve que separarlos y aguardar a que me entregara una herradura plástica para obtener el grosor deseado.
“Después de dos o tres días de pizca ya se irá acostumbrando”, dijo en un mal castellano.
Uno de los menonitas activó su reproductora de “cidis” y la nave se llenó de narcocorridos. Después me enteraría que él y su esposa vivían en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua y que trabajaban temporalmente en Leamington. De ahí su afición por la música ranchera.
Los antebrazos empezaron a arderme ante el roce de las hojas y los químicos. En menos de dos horas una extraña y molesta comezón hizo detenerme y preguntar si esa sensación era normal en los primerizos. Pedro me tranquilizó al revelarme que la planta contaba con microscópicas espinas y que por la falta de costumbre me causarían picazón durante dos o tres días. Luego, mi piel se acostumbraría al producto.
“Pero te recomiendo que siempre traigas una playera o camisa de manga larga, es lo mejor”, dijo sin dejar de sonreír.
Bajo el tormentoso cosquilleo en la mitad del cuerpo logré llegar al primer receso, el de las nueve de la mañana. El calor nos hacía sudar en demasía y no pararíamos, después de los quince minutos de alimentos, hasta las doce horas, Las cajas con pepinos fueron acumulándose a lo largo del corredor que llevaba a la puerta de salida y por donde transitaba un pequeño montacargas. Mister Kruguer era el responsable de sacar las tarimas cargadas de pepinos.
En cuatro ocasiones tuve que lavarme los brazos y la cara y noté que la piel tenía un color escarlata. Los ojos me ardían y los tormentos de la sed no cesaban. Manuel me dijo que eran los efectos naturales del primer día. “Es la falta de costumbre, no hay que quejarse. Así es el trabajo”, indicó.
Después del descanso de media hora, el capataz dio nuevas instrucciones. Manuel y yo seríamos llevados a tres naves vidriadas, con siete mil matas semisecas, que arrancaríamos y acarrearíamos en carretillas. Primero, el propio Peter, les cortaría las bases con una navaja amarrada a un palo del tamaño de una escoba. Nosotros desataríamos los hilos que le permitían a la mata estar de pie, montada sobre un alambre de acero inoxidable que corría en forma horizontal.
Manuel me enseñó a maniobrar: simplemente agarraba las matas que cupieran en ambos brazos y con un fuerte jalón se desprenderían. Luego, tendría que arrojarlas a la carretilla y ya llena esta, empujarla a lo largo del pasillo hasta el patio. En un tractor sería vaciada en la parte trasera de la finca.
Peter colocó cerca del acceso al vivero, un barril plástico con agua, hielo y vasos desechables. La temperatura ya estaba a 110 grados Fahrenheit y bajo ese calor sofocante, no paramos de trabajar hasta las tres de la tarde. El receso fue de quince minutos y mis piernas estaban acalambradas, la ropa mojada por el sudor y la comezón de piel era incesante.
Manuel me comentó que en esa greenhouse no se trabajaba los domingos. “Los patrones” eran muy religiosos y acudían a su iglesia.
Después me hablaría de Campeche, su familia y los oficios que allá desempeñaba: albañil y carnicero. Semanalmente enviaba 300 dólares a su casa. En noviembre regresaría a México y abriría una taquería.
“Aquí en Leamington vivo con otros tres compañeros, todos mexicanos y pagamos quinientos dólares mensuales de renta. Nos sale como a 125 por persona, pero sólo llegamos ahí a dormir, después de la madriza”, dijo.
El campechano llevaba seis meses trabajando con los menonitas. Jamás tenía diferencias con el capataz y, por el contrario, le enseñó todos los secretos sobre la siembra del pepino: la mata llegaba en una diminuta caja de plástico y era colocada a la vera de cada pasillo, en fila. Después, la punta de esa mata quedaba atada del cáñamo al alambre horizontal.
En dos meses la enredadera se montaba al alambre y retoñaba una treintena de flores naranjas, similares a la de las calabacitas. Más tarde se convertirían en pepinos y a las nueve semanas empezaría la cosecha. En realidad duraba cuatro meses el ciclo reproductor de la herbácea, alimentada por químicos y agua.
“Lo más difícil es la limpieza de las naves, porque hay que sacar la planta, lavar los pasillos y desinfectar. Lo otro es más fácil”, dijo Manuel.
Durante la jornada, jamás fuimos molestados por el capataz y mister Kruguer. Simplemente observaban nuestro trabajo y supervisaban el barril para que no nos faltara agua fría. La jornada terminó a las cinco de la tarde. Daniela llegó a esa hora y habló en inglés con el patrón.
La contratista me comentó de regreso:
“Le gustó su trabajo al patrón, quiere que regrese mañana y no se preocupe por la comezón que se le va a quitar después de darse un buen baño. Ya pasó la primera prueba”.
La sabia de las matas me había pintado de verde y el cansancio y comezón, por esa única vez, no permitieron que observara a mis anchas el bello atardecer de Leamington. Únicamente pensaba en bañarme, hacer algunas anotaciones en la bitácora de viaje y dormir. Daniela, mi contratista, escuchaba en su radioreproductor de «cidis» una vieja melodía de los Guns N’ Roses: Appetite for detruction.

Eduardo bajó el interruptor de luz y la habitación quedó en penumbras. En menos de un año su vida había dado un vuelco radical. Su proletarización había sido inminente, pero el apoyo asistencial del gobierno canadiense le permitió enfrentar los rigores del invierno y la ausencia del inglés. Cada tres meses le tenía que reportar su estado financiero a su trabajadora social y enviarle copia del trabajo desarrollado como voluntario en el Centro de Desarrollo Comunitario San Lorenzo y de su avance en el aprendizaje de una de las dos lenguas oficiales de Canadá. Aún no tenía fecha para asistir ante el Tribunal de Determinación de Refugiado y su expediente estaba en manos del abogado Geltler y el juez migratorio.
Su futuro era incierto y en esos instantes el dolor de espalda no cesaba. Tenía cincuenta años de edad, medio siglo de vida, y estaba reinventándose. De existir el karma, según la filosofía hindú, renacía en vida para pagar sus malas acciones pasadas y no heredar esa deuda negativa a sus futuras generaciones. Como recién nacido tendría que aprender a hablar para comunicarse y sobrevivir.
Diría «water» por agua, «milk» por leche, «beer» por cerveza, «love» por amor y «hope» por esperanza. Si no hacía un mayor esfuerzo por aprender el nuevo lenguaje quedaría marginado de su entorno y estaría condenado a esclavizarse en trabajos rudos, mal pagados y de esfuerzo obligado.
En Toronto llegó a compartir casa con un geólogo, un arquitecto, un abogado, un diseñador gráfico, un actor de televisión y un matemático  panameño. Ninguno de ellos trabajaba en asuntos relacionados a su profesión, sino limpiaban pisos, cargaban madera, pintaban casas, empacaban productos de belleza, lavaban charolas con residuos de pan podrido o doblaban periódicos en un diario canadiense.
Día y noche, sábados y domingos, ocho, diez o hasta doce horas diarias, en una sobrecogedora faena que los consumía, enflacaba y deprimía. Hombres y mujeres por igual, de todos los países del mundo, esperanzados en alcanzar un confort económico diferente al de sus ancestros. Por esa poderosa razón, quienes aplicaban por refugio o razones humanitarias no escatimaban dinero e imaginación para intentar convencer al juez migratorio de su necesidad de permanecer en Canadá de por vida. Su última esperanza, después de dos años de bregar con abogados e invertir de cinco a diez mil dólares en apelaciones y alegatos judiciales, les daban la oportunidad de recurrir a una última instancia, conocida como de Revisión de Riesgo o PRRA. En ella acudían ante el Tribunal de Determinación de Refugiado y presentaban nuevos elementos probatorios de su probable persecución política o policíaca en el país de donde provenían.
Eduardo aprendió a escuchar que los colombianos eran los más afortunados en obtener la residencia, mientras que los mexicanos, costarricenses, salvadoreños, guatemaltecos, chilenos y argentinos únicamente tenían un treinta y cinco por ciento de probabilidades de ganar su juicio de permanencia. Sin embargo, la última palabra la tenía el juez migratorio e incontables testimonios demostraban que ese personaje, omnímodo e inquisidor, no basaba su decisión final en la contundencia de las pruebas presentadas, sino en el comportamiento demostrado por el solicitante de refugio.
Protagonistas de historias inventadas, ya deambulaban en el país con su nuevo estatus de refugiado. A partir de ese momento, tendrían todo el sistema asistencial a su disposición y jamás padecerían los sinsabores del hambre, la falta de empleo o un techo en donde vivir. Su vejez con dignidad estaba garantizada.
El cansancio venció al periodista y en esta ocasión, el hijo de Somnus decidió no molestarlo y dejarlo en completo estado de indefensión. Tampoco tuvo ánimos de hacer las anotaciones obligadas en su bitácora de viaje. La aventura del espíritu trascendería al iniciar la redacción de un nuevo libro. La diáspora de los Morales López y el asesinato de Lío reanudaría esa intención.
La granja de los pepinos lo aguardaba…

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VENEZUELA, LA MARCHA DE LA BURGUESIA…

Por Luis Hernández Navarro/colaborador de La Jornada
imagesLilian Tintori es una bella rubia, modelo y presentadora de televisión, dueña de una brillante sonrisa. En la muñeca izquierda tiene tatuado el nombre de su país Es, también, madre de dos hijos y esposa del dirigente opositor venezolano Leopoldo López, hoy tras las rejas. Cuando se comprometió, él se arrodilló y le hizo dos preguntas: ¿te quieres casar conmigo?… ¿Te quieres casar con Venezuela? Ella respondió que sí a las dos.

Lilian es ahora una figura internacional. Su foto en un mitin opositor al lado del ex candidato presidencial Henrique Capriles Radonski, con una camiseta con la leyenda El que se cansa pierde, dio la vuelta al mundo. Apenas un par de días atrás se había quejado: estoy esperando más apoyo de Henrique Capriles… Lo mínimo que pido es que muestre solidaridad como la mostramos nosotros con él cuando estaba en su momento.

Las quejas de la presentadora no son sólo la expresión desesperada de una esposa que duerme cada noche sin su marido, sino muestra de la profunda división que atraviesa la oposición venezolana agrupada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD). Dos facciones se disputan su conducción. Mientras Capriles apuesta a ganar el poder transitando por la ruta electoral y sumando adeptos entre chavistas descontentos con la crisis económica y la inseguridad pública, el dirigente del partido de ultraderecha Voluntad Popular Leopoldo López, la diputada María Corina Machado y el alcalde metropolitano de Caracas Antonio Ledesma han echado a caminar un golpe de Estado.

López y Machado anunciaron el inicio de su campaña de desestabilización política, a la que bautizaron como La Salida, el pasado 23 de enero. No hace falta mucha imaginación para comprender el objetivo del plan: destituir a Nicolás Maduro de la Presidencia de la República y acabar con lo que ellos llaman la dictadura castro-comunista. El 2 de febrero efectuaron la primera movilización de protesta, que terminó convergiendo con el descontento de estudiantes, hijos de familias de clase media y acomodada.

Diez días después –cuenta Manuel Sutherland–, los opositores pusieron las cartas sobre la mesa: tomaron las calles de Caracas con la consigna Saquemos a Maduro, Pongámosle fin a la dictadura de una vez. En la concentración corearon consignas como: Vamos a alzarnos contra este gobierno, Este gobierno va a caer y Maduro es un maldito colombiano.

liliaCuando la concentración había terminado, un grupo de 600 personas encapuchadas, con bombas molotov, coordinada por medio de radios de onda corta, levantaron barricadas, quemaron vehículos policiales y dispararon armas de fuego.

A partir de ese momento, la ultraderecha aumentó la violencia. Cobijada por una campaña de desinformación internacional en los medios, en la que difundió imágenes dramáticas de hechos represivos acontecidos en otros países como si estuvieran sucediendo en Venezuela, se presentó como víctima de un gobierno autoritario. Para dar un rostro civil a sus planes golpistas, presentó a los estudiantes de instituciones privadas como jóvenes idealistas y justicieros que luchan contra un Estado represivo.

En el camino, trató de ocultar –con poca fortuna– el apoyo financiero y logístico de Estados Unidos a la intentona desestabilizadora, el entrenamiento de organismos que, en nombre de los derechos humanos, se especializan en incubar revoluciones de terciopelo, y la participación de paramilitares colombianos en la asonada.

La salida golpista fue cuidadosamente construida con acciones previas de sabotaje económico, fuga de capitales y desabasto de productos básicos, para propiciar malestar y desaliento.

Pero el plan de la ultraderecha tiene un grave problema: carece de simpatía organizada dentro de las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Aunque militares como el general retirado Ángel Vivas han participado en el entrenamiento de grupos de choque opositores, un golpe de Estado como el que intentaron dar en 2012 es inviable. Por eso, la derecha radical busca crear una situación de ingobernabilidad y confrontación social que empuje a un sector del Ejército a deponer a Maduro e imponer el orden. La pretensión de hacer asesinar a Leopoldo López por sus aliados era parte de este proyecto.

¿Por qué un sector de la oposición venezolana optó por buscar un atajo insurreccional para remover a Nicolás Maduro? De entrada, porque ha fracasado por la vía electoral. Esperaban que la muerte de Hugo Chávez fuera el fin del chavismo. Se equivocaron. Maduro triunfó en las elecciones presidenciales, y el llamado del candidato perdedor Capriles a desconocer los resultados naufragó. Lo mismo sucedió en los comicios posteriores: el oficialismo ganó en 240 de las 337 alcaldías. Poco antes, en diciembre de 2012, aún con Chávez vivo, había obtenido 20 de las 23 gobernaciones.

Pero, además, la ultraderecha vio con verdadera preocupación la iniciativa presidencial de normalizar la vida política y tender puentes hacia la oposición y hacia los más importantes empresarios del país, para enfrentar conjuntamente problemas como la inseguridad pública. El camino de la reconciliación fue visto como un peligro para la ultraderecha más rabiosa, que ha hecho de la polarización su apuesta permanente.

El intento de golpe de Estado en marcha ha fracturado a la MUD. Hay quien no está de acuerdo con el atajo insurreccional. Según el opositor Jaime Eduardo Merrick ( El Universal, 22/02/14): No podemos sentirnos orgullosos de ir a la calle y quemar cauchos, causar daños a locales y recibir bombas lacrimógenas. E incluso, si de protesta pacífica se trata, no puede causarnos alegría que nuestras marchas sean típicamente clase media y con consignas dispersas que en ocasiones rayan en lo banal y fatuo.

Pero la apuesta desestabilizadora continúa en pie, como se mantiene viva la disputa por conducir a la oposición. Por eso, Lilian Tintori, casada simultáneamente con Venezuela y con Leopoldo López, advirtió que en estos días la patria despertó y su marido es el líder y guía que su país necesita. Probablemente por eso también el pasado 23 de febrero, en la concentración antichavista de la avenida Francisco de Miranda, Kevin Sosa escribió sobre un papel bond: Los burgueses de El Guaratao también marchamos.

Twitter: @lhan55

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TEPOZTLAN, UN RELAMPAGO EN EL CIELO/I

Por Everardo Monroy Caracas

imagesTodo empezó durante un viaje por carretera, insólito y sorprendente. Ella retornaba de Cuernavaca a Tepoztlán y desde su automóvil sedan observó una luz intensa, enceguecedora, sobre la cresta oscura del Chalchihtépetl o Cerro del Tesoro que por segundos le provocó confusión, pérdida de visibilidad y de memoria. El enorme objeto metálico, luminoso y veloz, pasó sobre la montaña, la iluminó y se dirigió en vuelo rasante hacia los valles destrozados y secos del Yautepec urbanizado.
Eran las once y media de la noche.
Esa visión alucinante, poco común, la obligaron a detener su marcha y angustiada no dejó de contemplar el cielo estrellado, semejante a una bóveda de chapopote con incrustaciones de oro. También, en la parte baja, difícilmente pudo abstraerse de mirar los puntos luminosos, titilantes, sobre las sinuosidades de aquellas tierras agrestes por la falta de lluvias, mitológicas y de evocaciones ancestrales.

Muy cerca de Tepoztlán, en el lado sur-oeste, se encontraban los caseríos-luciérnagas de San Andrés de la Cal, Santa Catarina y Ahuatepec, villorrios adormilados y acurrucados por el pitido insistente de las cigarras y grillos. Sin duda, esta parte del territorio mexicano, a casi ciento cincuenta kilómetros del Distrito Federal –antiguo epicentro del imperio azteca–,  seguía sorprendiendo a lugareños y visitantes.

Los ojos temerosos de Rocío Conde, vecina de Santo Domingo Ocotitlán, continuaban escudriñando a lo alto. Intentaba en vano descifrar lo recién ocurrido. Como lo recordaría ante su familia, la nave que visualizó era oval, alargada, de base achatada, silenciosa, reptante y cubierta de una bruma neónica, exageradamente incandescente. Aquella escena había trastocado el orden de sus ideas y hasta contaminó de pesar su imaginación y sentido racional. Se sentía perdida y angustiada.
Desde entonces, la tranquilidad de su sueño se alteraría y al igual que cientos de tepoztecos, estaría inmersa en pesadillas extrañas, donde seres cabezones y de ojos rojizos y sin pestañas, le susurraban consignas, recomendaciones y advertencias. Estaba consciente que el avistamiento de ese Objeto Volador No Identificado, OVNI, había trastocado su cordura y ahora sería una contactada mas e investigada por los estudiosos del fenómeno extraterrestre.
Otro detalle: por primera vez tuvo mayor consciencia de lo que ocurría en su entorno ecológico, en esas fechas de desasosiego social: el municipio de Tepoztlán estaba siendo atacado por depredadores de sus recursos naturales y ese asentamiento de veinticuatro mil hectáreas, prodigas de madera,  flora medicinal y cuarzos, en realidad era una especie de arca espiritual donde se salvaguardaba el ácido desoxirribonucleico, ADN, de la especie animal y vegetal.
Hasta el presente, Tepoztlán es un Centro Ceremonial de confluencia de mexicanos y extranjeros, quienes consciente o inconscientemente aportan su cuota de dignidad, justicia y sabiduría para impedir un ecocidio sin retorno y descifrarle al mundo, como ocurre en las sociedades indígenas, el sentido de vivir en paz, en armonía y amor con la naturaleza. Un simple asunto de supervivencia humana.
En mayo y junio de 1991, como aprendió a entenderlo Rocío, los tepoztecos habían impedido la construcción de una vía alterna de ferrocarril en las partes altas, montañosas, de su cabecera. Asimismo, en agosto de 1995 protagonizaron una revuelta para detener la construcción de un fraccionamiento privado con club de golf, precisamente a un costado del Chalchihtépetl. En ambos casos, los ecologistas, comprobaron que las obras destruirían importantes recursos naturales, lastimarían los mantos acuíferos y asesinarían a la fauna y flora silvestre, la principal sacrificada.
Pero Tepoztlán, este diminuto asentamiento morelense con presencia animal desde hace seis mil años antes de nuestra era  –según restos hallados de un mastodonte y piedras pulimentadas–, cotidianamente enfrentaba el acoso de inversionistas privados que poco a poco debilitaban la unidad de los lugareños y doblegaban la consciencia comunitaria de las nuevas generaciones lastimadas por el desempleo, los vicios y su rechazo a su lengua original y cultura indígena.
No se trataba de un hecho incomprendido por los viejos tepoztecos. Ese acoso lo habían enfrentado desde tiempos inmemorables. Los codiciosos y vanidosos otomíes hasta los violentos y sanguinarios chichimecas intentaron apoderarse del municipio. Estas tribus nómadas y belicosas, ajenas al trabajo agrícola y el arte de la cerámica y alfarería, fueron repelidas durante varios siglos hasta que los pacientes y juiciosos tepoztecos los derrotaron y asimilaron a su cultura astral, sabia, sedentaria y pacifista.
Los tepoztecos, antiguamente llamados olmecas-nahoas, arribaron a su actual territorio hace cuatro mil años antes de nuestra era. Habían penetrado a territorio de América por el Golfo de México y ya traían en sus cuencos de madera el germen del pulque (alimento espiritual) y su corazón de constructores y guerreros.
Donde ahora están los estados de Morelos, Tlaxcala, Estado de México y Puebla radicaban hombres y mujeres de gran tamaño físico, casi gigantes, bautizados por los recién llegados como quinametzin. Se trataba de los primeros indígenas otomíes, descendientes de los pieles rojas de Norteamérica, también conocidos como los maorí.
Un cronista español, el fraile franciscano Bernardino de Sahagún, los describió en sus memorias como “crueles” y “bárbaros”, pero fueron doblegados por los recién llegados, sin modificar su belicosidad y costumbres. Aun así, los futuros tepoztecos lograron allegarse de tierras productivas y sobre ellas edificaron sus caseríos, parcelas y templos ceremoniales para sus dioses astrales.
Rocío Conde, a sus cuarenta y dos años, tras el avistamiento del OVNI, empezaba a descifrar el pasado de sus ancestros y el propósito de su tránsito por la tierra. Tepoztlán debía perseverar en su propósito de mantener en pie su cultura y amor a la naturaleza porque en el subsuelo predominaría la semilla de la vida humana y el futuro de libertad y felicidad de las próximas generaciones.  De no se así, el mundo, su mundo, se desintegraría.

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